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Home » Artículos » Autoexigencia: aspira a lo máximo y no a lo imposible

Autoexigencia: aspira a lo máximo y no a lo imposible

Por Francisco de Sales.- En mi opinión, a veces somos demasiado optimistas cuando nos ponemos a hacer planes ya que la imaginación y nuestros buenos deseos no siempre son conscientes de las limitaciones que luego nos impone la realidad.

Hablo con muchas personas que se sienten realmente frustradas porque no han alcanzado sus sueños: se les han convertido en pesadillas. Y eso es lógico en muchos casos, porque imposible es imposible.

Los expertos dicen que la búsqueda de la perfección no compensa el esfuerzo que requiere, que es mejor aprender a disfrutar de la imperfección, y que vale más la tranquilidad de conformarse con un 8 o un 9 que la desesperación y el sufrimiento que provoca alcanzar –o intentarlo- un 10. Quien se empeñe en no conformarse con menos de un 10 –o con la perfección absoluta- hará bien en preguntarse quién demanda eso, de dónde surge esa desesperada necesidad, si acaso es un asunto del ego que logra esclavizarle y que se pregunte si la obsesión por esa aspiración le perjudica más que le beneficia.

Detrás de esa búsqueda de la perfección puede estar uno de los impulsores del Análisis Transaccional que se llama SÉ PERFECTO. El perfecto aspira al 10 siempre, pero su insatisfacción es perenne; tras alcanzarlo –si es que lo alcanza- buscará el 10.5 y eso le llevará a la desesperación y la infelicidad. Ninguna perfección le parece suficientemente perfecta.

Cuando uno aspira a lo máximo, que es una muy noble aspiración, tiene que ser consciente de algo que ha de añadir a su deseo: “que esté dentro de mis posibilidades y limitaciones”. La máxima aspiración personal no ha de convertirse imprescindiblemente en lo máximo a lo que sí pueden acceder otros, sino lo que uno puede dar de sí con todo su esfuerzo. Si lo máximo que uno puede escalar con sus limitaciones es una cumbre de 3.000 metros, que no se sienta fracasado por no alcanzar a la cima del Everest y sí orgulloso de su 3.000.

La autoexigencia si es “buena” –razonable y ni obsesiva ni exorbitante – está muy bien, porque empuja hacia la perfección en los hechos y el mejoramiento personal. Ella no es mala, lo que puede ser mala es la forma en que la manifestamos y la aplicamos. Si es constructiva y motivadora, si reconoce los aciertos y avances y hace propuestas interesantes para mejorar lo que es posible mejorar, y si no nos presiona excesivamente aunque sí lo haga con firmeza, es buena.

Si es déspota, agresiva, desagradable, si sólo ve y magnifica los errores, si no comprende que cada “fracaso” es solo un hecho aislado y externo y no es la persona, si nos trata con respeto, si nos plantea unas exigencias y metas imposibles de lograr, es una mala autoexigencia.

La intención de la autoexigencia es buena. Siempre plantea hacer algo mejor. Bien. Las formas en cómo nos relacionamos con ella y cómo nos trata a nosotros es lo que quizás no esté tan bien y nos puede llevar directa e inevitablemente al estrés y a una sensación negativa y triste de fracaso.

Tal vez nuestra tarea sea reconducir nuestra relación con ella.

Se puede mejorar la comunicación con nosotros mismos en ese aspecto, y ser más asertivos, más cariñosos y comprensivos, más respetuosos. Tener los pies en la tierra y la cabeza asentada.

Se pueden redefinir los objetivos y los deseos, planificarlos para que sean realistas, motivadores y alcanzables, siendo muy conscientes de nuestras limitaciones.

De lo que se trata es de aplicar lo que ya sabías y lo que hayas podido aprender o ver con claridad ahora, y que sólo apliques lo positivo y evites lo que te puede perjudicar.

Tal vez ahora tengas una visión más centrada y seas consciente de que se puede volver contra ti el modo de afrontar tus objetivos y deseos y valores bien la automotivación relacionándola con la autoexigencia. Lo segundo si el apoyo de lo primero puede estar condenado al dolor y el fracaso desde antes de empezar.

Una autoexigencia buena es enriquecedora, una autoexigencia mala es tu peor enemigo.

Te dejo con tus reflexiones…

Francisco de Sales

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