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Home » Artículos » Conversando con la Angustia

Conversando con la Angustia

Por Lautaro.- Era un día como todos los demás, repitiendo –o manteniendo- la cárcel de mi rutina. De a ratos me movía y emprendía el oficio de maquillar un par de ilusiones, expectativas y deseos… cosas que toda persona hace. En algunas de ellas me detuve más que en otras: un poco por cariño, un poco por necesidad, en otras, quizás por nostalgia. El inconveniente de esta actividad radica en que si nos detenemos mucho sobre una de aquellas representaciones: limpiándolas, adornándolas, embelleciéndolas, a la vez, es como si estuviéramos cargando un revolver o preparando nuestro propio patíbulo.

Y así fue. No recuerdo bien en que época comencé el oficio de maquillador de ilusiones, pero desde ese día comencé a relacionarme con una entidad extremadamente poco grata para cualquier ser viviente, creo yo. No digo que le haya abierto la puerta de ‘mi jardín’ e invitarla a pasar, más bien creo que fue todo lo contrario, algo así como una invasión de propiedad; y, desde ese momento, me ‘visitó’ y ‘visita’ bastante seguido. El problema es que aparece sin aviso, se queda por largos períodos de tiempo, desequilibra mi espacio y es molesta. Aunque debo reconocer que en algunos momentos llegué a comprenderla y, en ciertos aspectos, hasta quererla.

Les estoy hablando de la Angustia, eso difícil de explicar que cuando a uno le arremete…

-Hola!! ¿Qué hacías?

-¡Qué coincidencia! Justo estaba razonando sobre vos.

-¿Ah si? ¡Me siento halagada! ¿Qué era? ¿Un homenaje?

-Mmm… Algo así.

-A ver… ¿Puedo mirar?

-¡No! ¡Dejá de entrometerte!

-Bueeeenooo, relajate. Tampoco es para tanto. ¿Querés que me vaya?

-Si, por favor. ¡Desaparecé! ¡Borrate!

-Bueno, entonces me quedo.

-Sabía que no te ibas a ir -suspiro profundo-, no hay caso con vos.

-Tranquilizate un poco, te vas a enfermar. Aparte ¿Qué te hice yo a vos?

-Con tu presencia alcanza y sobra. Yo nunca te llamé ni te busqué, y vos como si nada tuviste el descaro de venir un día y pareciera que lo hiciste para quedarte. Antes tenía una vida bastante serena, tranquila y controlada. Desde el primer día que te ví todo eso se fue diluyendo con el tiempo.

-¡Ah! ¡¿No me buscaste?! ¿No te acordás de la primera vez que empezaste a soñar despierto? ¿O cuando empezaste a incurrir en el mundo de las emociones, sensaciones y los deseos? ¿Y qué hay de cuando empezaste a desafiar preceptos, realidades o seguir tus propias convicciones? ¿Qué hay del amor? Tal vez no te acordás, eras muy pequeño. Yo no te voy a decir mi edad, pero bastante tiempo tengo recorriendo estos lugares como para saber cómo manejarme y detectar cuando hay un llamado hacia mí; y vos, sí vos, me empezaste a llamar desde hace mucho tiempo pero el pedido fue tan claro que lo recuerdo como si fuera ayer.

-Tal vez tenés un poco de razón. Tal vez te llamé, sí. Pero no fue mi intención hacerlo…

-Me llamaste en fin…

-¡Pará! ¡Dejame terminar! No ves que sos odiosa. Supongo que sí, te llamé. Pero yo no sabía de tu existencia. Admito que de haberlo sabido, nunca lo hubiera hecho.

-¡¿Ah no?!

-¡No! Decime ¿Para que te necesité yo? ¿Qué me diste que yo necesitara? Todo lo que sé de vos me deja siempre un mal gusto en el alma. Aparecés en muchos momentos de mi vida en que estoy en plena dicha, arruinás todos mis planes y me destruís con cada manifestación tuya. Cuando estás acá no puedo estar tranquilo: el pecho se me angosta, la garganta se me anuda al punto de apenas poder respirar, mi energía vital se desvanece como si estuviera siendo derramada por las venas abiertas de mi espíritu, me alejo de la realidad quedando en un estado muy similar a un catatonismo profundo, ideas de dolor, empobrecimiento de mi persona y autohostigamiento es la moneda corriente de mis pensamientos en esos momentos. Quedo postrado como una marioneta sin que alguien le de algún movimiento a su alma. Empiezo a sentir que todo es una mierda y que nada tiene sentido.

En los momentos que vos no estás esto no me pasa. Puedo hacer cosas todo el tiempo y dedicarme a lo que realmente me gusta. No tengo preocupaciones y yo tengo el control sobre mis cosas.

-Bueno, parece que querés hablar en serio. Vamos a sincerarnos entonces.

-…

-“¿Para qué te necesito?” me preguntás. Miremos un poco más detenidamente. ¿Alguna vez te preguntaste cuándo te angustiás?

-Hmm, supongo que no.

-No supongas, tratá de ver. Yo te puedo dar un panorama de lo que sos vos cuando “no tenés preocupaciones y tenés el control”. En esos momentos, realmente no te manejás con tantas certezas y seguridades, más bien es casi todo lo opuesto. No sabés lo que querés o lo que buscás todo el tiempo. Por momentos vivís con dudas y temores y vos mismo te estancás en muchas situaciones. Cuando presentís que voy a venir, o sentís cerca mi presencia, tratás de hacer cualquier cosa para poder evitar hacer contacto conmigo (o con vos mismo en realidad); y así volvés a ‘tener el control’ por un rato. Una vez que lográs poder escucharte sobre lo que realmente deseás, por algún motivo, la duda o el temor aparecen. ¡Ahhh! ¡Pero a ellas no les decís nada! Porque de algún modo esas hermanas te saben controlar con sus ‘encantos’. Aun así, te terminás aferrando a ellas y así entrás en tu propio círculo vicioso retroalimentando tus ilusiones, fantasías y temores: uno de los peores laberintos que el ser humano se creó para sí mismo. Porque lo peor de todo es que ese círculo vicioso se amplía tanto que, llegado a un punto, se vuelve el mundo propio de cada uno; y vos, no estás exento en este caso. Es por eso que mucha gente me evita e ignora distrayéndose en actividades triviales creyendo que así sortean el problema y así viven en mundos imaginarios y fantaseados que no los dejan ver por donde pisan y caminan, como alguien con un tabique en los ojos hasta que por ahí se chocan contra una pared. Es por eso que evitan estar sin tener algo que hacer, porque más allá del aburrimiento que esto puede generarles este estado es condición para conectarse con sí mismos y esto es algo que gran parte de las personas no logran soportar.

-Si. Puede que tengas razón en eso. Pero hasta ahí vos no tenés lugar alguno, y solo me refregás cosas en la cara. Yo lo que puedo ver y sentir con tu presencia es dolor, un dolor y una tristeza tan intensos que pareciera que el soplo más leve me conduciría a la muerte. Incluso en más de una ocasión la he deseado y… a ella sí que la he llamado. ¿Por qué venís? ¿Por qué te apegás a mi vida y no me dejás en paz de una vez por todas? ¿Qué hice yo para merecerte? ¿Acaso es una condena que tengo que llevar conmigo durante toda la vida?

-Hay algo en común entre tu “llamado” hacia mí y mi presencia en “tu jardín”, como vos decís. Las dos cosas se homologan en que a ninguna de las dos nunca las pudiste registrar en todo su esplendor. Es cierto que notás mi presencia en tu cuerpo, pero no podés vislumbrar realmente el alcance o la conveniencia de tenerme ahí. Dejame que te lo explique de este modo: yo he compartido grandes momentos de tu vida. He estado ahí cuando menos me deseaste. Hemos visto juntos el fin de muchas cosas pero el inicio, o al menos, lo que pudo ser el inicio de tantas otras. Aunque la verdad es que, de esto último, yo ya no estaba ahí cuando emprendías dicha tarea. Yo soy tu desgracia, yo soy tu peor pesadilla, yo soy lo que te retrae y aleja de la realidad como vos decís. ¡Yo tengo que ser tu dolor más grande! Yo soy tu dolor de muelas en tu espíritu, yo estoy, estuve y estaré cuando menos me quieras… pero ¿Sabés qué? ¡Yo soy tu verdadera ayuda!

-Estoy confundido ¿Cómo me ayudaste vos a mi?

-No te culpo, no sos el único que no lo puede ver. El mundo está poblado de ciegos y, aunque por paradójico que suene, los que mejor pueden ver son personas no videntes –cosa que no los hace ciegos-… Lo que te trato de explicar es que yo soy lo más tangible en vos. De todos tus sentimientos, de todas tus ilusiones, deseos, esperanzas, temores, fantasías y sueños, de todos ellos, Yo… ¡Yo soy lo más real que existe en tu interior! De tus deseos y esperanzas no siempre estás seguro; de tus miedos y temores no siempre sos conciente y pueden pasar desapercibidos; pero de mi presencia nunca te pudiste escapar. No hay manera de escaparte porque ya me conocés y sé como hacer notar mi presencia. Tampoco me podés obviar ni mucho menos. Por eso necesito atravesarte como una espada al rojo vivo, necesito que me veas y me escuches; no por simple capricho, sino porque te estoy mostrando algo. Algo de vos, algo tan nítido y claro que se conecta hasta lo más profundo de tu ser. Yo soy esa realidad insoportable. Yo soy lo que te va atormentar siempre, al menos hasta que me sepas escuchar y aprendamos a comunicarnos y convivir juntos. Vine para quedarme.
¿Por qué soy necesaria en vos? ¿Por qué me necesitas? Porque, como dicen: “La angustia es el precio que tenés que pagar por ser uno mismo”. Recuerdo cuando una vez estabas teniendo una charla con un amigo y estabas triste, abrumado y confundido. Él te explicaba que hay cosas dolorosas en la vida y, que a veces, son muy difíciles de superar. Luego te confesó honestamente que a él le resultaban inaguantables la mayoría de los Domingos, y vos muy ofuscado le respondiste: “Lo que vos padecés los fines de semanas, particularmente los domingos, yo lo padezco casi todos los días”. Esta viñeta tuya me sirve para decirte que: Yo soy tu razón de ser cuando en tu mundo de sentimientos y fantasías te perdés en vos mismo y la realidad exterior. Yo estoy acá para mostrarte hacia dónde querés ir o hacia dónde no. Yo soy un mensaje que emana de lo más íntimo y profundo de tu alma que trata de ubicarte cuando te perdés allá afuera en el mundo, o en tu interior. El problema con la mayoría de la gente es que no puede escucharme. Algunos tan solo no quieren hacerlo, otros, no están preparados del todo. Sin embargo, cuando alguien me llama yo acudo sin vacilar, es mi deber y no importa la edad o condición de la persona, si me llaman, es porque de algún modo me necesitan; y vos, sos alguien que me llamó y llama a gritos.

-Creo ir entendiendo. Tiene sentido al ver las cosas de ese modo, aunque poder captarlas realmente como son y operar a partir de ello es muy difícil. Más allá de todo esto yo me pregunto: ¿Por qué de ese modo? ¿Por qué ‘trabajás’ en silencio o de manera enigmática? ¿Por qué no se nos muestra la verdad de una manera más sencilla o asequible?

-Solo te puedo decir esto: no lo sé. Mi trabajo consiste en manifestarme en ciertos momentos y de determinadas maneras. Así como no te puedo explicar por qué el hombre insiste en las guerras, mi función es ‘intraespiritual’ por así llamarla, y mi trabajo es alertar a las personas.

-¿“Mi trabajo”? ¿Existe algo o alguien que te exige hacer esto?

-Eso no te lo puedo responder. Cuando el entendimiento de los hombres alcanza ciertos límites, si se le intenta explicar algo por fuera de estos, el dominio de la razón se desvanece y aquellos son proclives a caer en la locura.

Esta fue la charla que tuve con esa entidad enigmática que es la Angustia. Antes de la plática, la imagen que yo tenía de ella, era despectiva y de rechazo. No se si logré entender del todo lo que me dijo aquella tarde, tal vez no lo quiero hacer realmente. Si a alguien que leyese esto alguna vez le ocurrió algo similar, aunque no me entere de manera directa, en cierta forma me voy alegrar. De algún modo el destino nos estará conectando y en ese punto vamos a estar compartiendo nuestra vivencia.

Supongo que después de todo no era tan mala en el fondo. Creo que el problema no es ella en sí misma, sino nuestra sordera ante ella. Y cuanto más sordos seamos, con más fuerza ella se parará ante nosotros hasta que caigamos del todo o para despertarnos y quitarnos la venda de los ojos.
Si algo aprendí de esto, es que la Angustia no miente. Tal vez, por ser honesta, es porque realmente nos duele.

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