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EL DHARMA EN EL PROPIO CORAZON

DharmaPor Ramiro Calle.- En la búsqueda espiritual lo que de verdad sirve es la consistencia. Incluso aunque uno a veces se salga de la ruta, si hay consistencia, se volverá a la misma. Los retrocesos son aparentes si uno no deja el sadhana (la disciplina, el trabajo interior); los estancamientos son inevitables, pero si uno activa la motivación y no deja el sadhana, se sale de ellos, como el intrépido explorador logra emerger de las arenas movedizas y seguir su marcha selvática.

Por qué se busca, cuando  podríamos llevar una vida relativamente plácida sin hacerlo, es muy misterioso. Quizá es que intuyamos otra realidad que se nos escapa o haya quedado en nosotros la «secuela» de un eco de infnitud que nos impulsa a reastrear como un obsesivo sabueso; tal vez es que nuestra propia insatisfacción o profundo descontento por lo que es el samsara (lo fenoménico) nos fuerza a buscar otro modo de ser y sentir o de hallar respuestas a los grandes interrogantes de esta enigmática existencia en cuya película participamos, sin pedirlo, unos años como comparsas, para luego, de súbito, también sin pedirlo, ser expulsados de la misma. El buscador es una raza singular, sondea en lo suprasensible pero también en lo sensorial, no puede dejar de seguir en el intento de hallar claves para darle a la vida otro sentido, de encontrar pistas para ir más allá de lo puramente aparente. Como el yoga es el método de Búsqueda más antiguo,  los primeros yoguis fueron los primeros buscadores. Incluso buscamos al que busca, tratamos de conocer al conocedor. Hay una sed muy honda que queremos saciar, a veces caminando a tientas.

Nos cuesta asumir el real compromiso de la Búsqueda y que todo palidezca en comparación a la misma. Desasir es mucho más dificil que asir. Buscas por aquí, buscas por allá, pero no dejas de buscar mientras la insatisfacción muerda el alma. Buscas en el amor iniciático, en el Yoga y en el Zen, en los Himalayas o en Perú, sintiendo que algo te falta, que no te basta, como a otros, con una confortable manera de vivir y un poco de diversión. A veces de tanto buscar no se encuentra; a veces hay que parar y dejar que la Búsuqeda nos busque. En ocasiones, al buscador le asalta la desesperación, pero incluso esa desesperación se puede convertir en una técnica liberatoria. El vacío existencial se impone y hay que saber amigar con él y convertirlo en catapulta para proseguir por la senda de lo ignoto.

El viaje hacia los adentros es el más largo, el más laberíntico y sinuoso, el más apabullante en muchas ocasiones. El Dharma (la Enseñanza) y el Sadhana( la práctica) vienen en nuestro apoyo, los convertimos en nuestra inspiración y refugio, pues de otra forma incluso la salud  psíquica podría correr riesgos ciertos. En su angustia, muchos buscan el guru salvífico y al final se echan otra cadena encima, ¡vaya negocio!.  El verdadero buscador es como un buen gourmet espiritual: probamos los distintos alimentos místicos y nos nutrimos con ellos. Es lo bueno de ser ecléctico y no dogmático,  librepensador y no fanático, abrirse a las enseñanzas místicas sin aferrarse obsesivamente a ninguna. Desde luego lo que no hará nunca el verdadero buscador es rendir obedicencia ciega y abyecta a un lider espiritual; él es en ultima instancia su propio maestro. No faltan los fanáticos que, al no tener luz propia, se aferran a la figura de su lider espiritual, estrechan su visión, y al final resulta que nacieron libres y son esclavos. Da igual si te aferras al Papa, el Dalai Lama, o a cualquier otro.

El aferramiento estrecha la visión, esclerotiza la percepción y, al final, como ya previniera Buda contra ello, no hay peor apego que a las creencias prestablecidas y opiniones. Hay que evitar ser un imitador, un reflejo alienado, y servirse de las enseñanzas para ser uno mismo. Incluso hay que ir más allá del Dharma y vivirlo desde el propio corazón. De ahí la advertencia zen: «Si encuentras a Buda en tu camino, mátalo».  Lao-tsé, Buda, Mahavira, Jesús son un obstáculo si no vas más allá del concepto y la creencia y les escuchas en tu propio corazon.

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