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Home » Artículos » El poder esclavizador de estereotipos, tópicos y estándares

El poder esclavizador de estereotipos, tópicos y estándares

Por Damian Daga.- Hay una necesidad generalizada de clasificar al individuo, de etiquetarlo -como desgraciadamente hacemos con todo-. En la necesidad de entender al mundo que nos rodea, y de sentirnos «normales», nos erigimos en el «modelo tipo», el «ejemplo a seguir» o, incluso, «la excepción que confirma la regla», sin comprender que no hay ninguna «regla», ningún «patrón»… que todo se debe a la cultura, la religión, las costumbres, la educación y otros aspectos que moldean la personalidad de cada individuo, sin ser por ello «mejor» o «peor».

Definir qué es «normal» es el esfuerzo más esteril y absurdo de todos los que realiza la mente, siempre perdiendo el tiempo en «clasificar», olvidándose de «observar» -el verdadero camino hacia el verdadero saber-.

Creamos los tópicos más absurdos e injustos, mutilando cualquier oportunidad de descubrir la originalidad y autenticidad en cualquier individuo de cualquier región de este mundo. Metemos a todos los individuos «en el mismo saco», olvidando adrede la máxima que todos conocemos pero nadie parece comprender en profundidad: «Cada persona es un mundo».

También nos inventamos estereotipos para encasillar las diferentes opciones que cada individuo libremente elige en su caminar por la vida. Así, clasificamos a cada uno en uno u otro perfil psicológico -dependiendo, no tanto de su personalidad, como de la nuestra propia-, basándonos en sus elecciones vitales con respecto a su sexualidad, ideología, credo, espiritualidad, hábitos…

No hay estándares, no hay moldes donde podamos caber a la perfección. Con esa actitud envenenamos nuestro mundo. No comprendemos que la verdadera igualdad se basa en respetar las diferencias y convivir armónicamente con ellas. En la diferencia del otro encontramos las mayores riquezas: la apertura mental que nos lleva a ver en el otro a nosotros mismos, pero no desde nuestro punto de vista, sino desde la suya, desde ese contraste entre ambas.

Después de todo, el mundo es un reflejo de nuestro interior. Cuando aceptamos las diferencias en nuestro prójimo, aprendemos a vernos tal como somos y nos damos cuenta de lo diferentes que somos a como nos percibe nuestra mente, que nos idealiza a través del Ego.

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