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Home » Artículos » El retrovisor

El retrovisor

Por Paloma Insa Rico.- Adentrarme en el conocimiento de la Activación del Proceso de la Presencia fue, desde el primer instante, una aventura sugestiva que, con el paso del tiempo –como sucede con todo aquello que merece la pena– se ha revelado uno de los mayores aciertos por lo que a mi propio trabajo de redescubrimiento personal se refiere. Hacerme consciente de cada instante que vivo es, con diferencia, el más hermoso de los regalos que he podido ofrecerme.

Los humanos, contrariamente a lo que sucede con el resto de las especies, tenemos la dudosa habilidad de andar continuamente cabalgando a tientas a lomos de una formidable bestia, escurridiza, sutil y a la vez tremendamente obvia. Escurridiza porque, tan pronto como empiezas a atisbarla se esfuma, como la niebla bajo los rayos de un sol intenso. Sutil porque no es posible verla, ni tocarla, ni olerla, ni saborearla. Y paradójicamente obvia, porque desde el instante en el que despiertas por la mañana hasta el último antes de dormirte, es posible percibirla.

Esa bestia, en ocasiones elegante en su discurso, en otras absolutamente burda no es otra cosa sino el flujo continuo, imparable, cual bucle ad infinitum, de los pensamientos. Esos que te mantienen todo el tiempo con un pie en el pasado y otro en el futuro. Esos que, a veces, semejan un monstruo terrorífico porque te muestran lo peor de ti mismo. Esos a los que, a través de la inercia generada por el tiempo, les has otorgado tal grado de autonomía e independencia, que te sientes –y hasta llegas a saberte– incapaz de frenar, incapaz de detener. Esa bestia, sin forma, sin rostro, sin voz, tiene, sin embargo, la forma, el rostro y la voz de todas las personas que se han cruzado, se cruzan y hasta tal vez – y sólo tal vez– se cruzarán en tu camino a lo largo de tu vida. Esa bestia tiene el aspecto de todas esas situaciones vividas, de todas esas situaciones que tú “crees” que viviras, de todas esas situaciones que tamino a lo largo de tu vida. Esa bestia tiene el aspecto de todas esas situacionesás, de todos los instantes posibles que piensas inevitables, que te asustan, te agobian, te aterran… Te matan.

Como la mayoría de mis congéneres he pasado la mayor parte de mi vida enganchada a este extremo auto-boicot personal creado por la mente. Delirante, enloquecido, narcótico deambular entre flashbacks y flashes for ward. Todo el tiempo. ¿A dónde me llevaba aquello? ¿A dónde te lleva? ¿Lo has pensado alguna vez?

Los efectos emocionales y físicos experimentados cuando vives adicto a los movimientos descontrolados de tu propia mente son tremendos. Brutales. Y lo peor de todo es que, como en cualquier otra adicción, el adicto no es consciente de serlo. Y ese es el quid de la cuestión. Somos una sociedad de adictos a nuestros propios, automáticos, enloquecidos e inconscientes procesos mentales. Permitir que tu vida discurra pivotando continuamente en la actividad sin control de tu propia mente te sitúa en la inconsciencia vital. Cuando te manejas entre pasados –recientes o no– y futuros –posibles o no– vestidos con los ropajes de la imaginación desbordada, el discurrir de la vida resulta bastante aterrador. Inquietante e inseguro.

Mantenerte en el instante presente es el seguro de vida. El auténtico y único seguro de vida. Cuando eres capaz de hacerte consciente de cada uno de los instantes que conforman tu día, entonces, puedes decir que tu mente está –al fin– a tu servicio. Entonces puedes afirmar que tú eres el verdadero dueño de tu vida y que tu mente es tu aliada. Entonces tu mente, que está a tus órdenes, empieza a serte de verdadera y total utilidad.

Imagina que viajas en tu automóvil. Vas conduciendo con tranquilidad, atento a la conducción, a los coches que te rodean, atento a la vía, atento a la acción de conducir, en suma. Cuando necesitas adelantar miras por el retrovisor, observas si tienes despejado el carril y avanzas. De tanto en tanto observas por los retrovisores, si ves que el vehículo de atrás está demasiado pegado quizá aceleras, frenas un poco para que te rebase o cambias al carril de la derecha para mayor seguridad. Es decir, miras atrás únicamente para asegurar lo que haces en el presente. Y también estás pendiente de cuanto sucede por delante, en la vía, más allá de los vehículos inmediatos para atender a cualquier posible contingencia que pueda surgir.

Es posible realizar un paralelismo entre esta situación tan habitual en la vida de muchos de nosotros y el modo de vivir “enganchado” a los flujos y reflujos de los pensamientos en la mente. Conducir es como vivir. Tienes una serie de acciones a realizar a lo largo de tu jornada. Puedes mantenerte atento a cada una de ellas, con plena atención y, de tanto en tanto, acudir a tu mente –que es como mirar por el retrovisor para observar lo que viene por detrás– para utilizar algún asunto, conversación, acción, conocimiento, experiencia o pensamiento del pasado que te sea útil en ese instante. Lo recuperas y lo utilizas en tu beneficio. Y después dejas a la mente quieta, a los pensamientos quietos, mientras prosigues con tu tarea. Más adelante, quizá necesitarás echar mano de un cálculo, de una probabilidad, de una posibilidad que se extiende en el futuro y entonces, sólo entonces, accionas tu imaginación para verla, reconoces las posibles incidencias y las empleas en la tarea que te ocupa en ese momento. Y luego, luego querido amigo, regresas al presente. Exactamente como cuando conduces. Estás en lo que has de estar. –Bien, esto en un mundo ideal, porque verdaderamente, ¿cuántos conductores están única y exclusivamente en la tarea de conducir? Sin atender a móviles, watt’s app, cigarrillos, conversaciones, el Google maps…–.

En cualquier caso, el ejemplo del coche me resulta particularmente oportuno para explicar de una forma sencilla lo que significa vivir en la plena consciencia de uno mismo. Porque, por superfluo que parezca, el hecho de permanecer consciente de lo que haces en cada momento te acerca a la perfección, –esa que todos persiguen con tanto ahínco– porque la presencia es actualización constante, y ésta, conditio sine qua non para acceder al equilibrio, a la serenidad, a la calma y a la paz inherentes a nuestra condición de seres humanos. Cuando logras mantener tu atención en el presente y descubres que tu mente permanece quieta, callada, sin ese parloteo constante propio de un demente, te das cuenta de lo sencillo que es todo. De lo bien que te salen las cosas, de la delicia que es vivir. Sin estrés, sin tensión, sin agobios, sin miedos.

No es sencillo, sin embargo. Hasta que alcanzas ese primer estadio en el que te descubres concentrado en lo que haces –sea lo que sea, desde leer hasta fregar un plato o hacer la compra– sin asomo de distracción, hay que hacer unos cuantos intentos. Porque no resulta fácil domesticar a la bestia. Porque, para empezar, hay que desandar el camino hollado durante tantos años. La has dejado demasiado tiempo a su aire, le has permitido por mucho que ande sola a su antojo, focalizando tu atención en asuntos vanos, absurdos, carentes de interés y sobre todo, faltos de beneficio para ti. Y ahora, cuando decides que quieres que tu mente te sirva, que se calle –para variar– y que te escuche a ti, entonces… bueno, eso lleva un tiempo. Pero merece la pena. Una cantidad cuantiosa de paranoias se desvanecen como por “arte de magia” cuando al fin logras mantener la consciencia de lo que piensas, de lo que sientes, de lo que hablas, de lo que haces, y hasta de lo que escuchas. A partir de ahí, no es que “esté tirado”, pero sí te das cuenta de que –¡al fin!– estás viviendo. De verdad vives. Porque lo de antes, sumido como estabas en el caos generado por ese sinsentido del continuo parloteo mental, no era vida. Era, es para muchos, una lenta degeneración.

Así que, cuando te sientas estresado, agotado y tengas la impresión de que te va a estallar la cabeza, y te des cuenta de que todo ello está generado por el continuo ruido, el incesante parloteo, la voz perenne de ese “narrador” instalado en tu cabeza que no se calla “ni debajo del agua”… cuando te des cuenta de esto… recuerda la teoría del retrovisor. Sólo una ojeada atrás para afirmar el presente, no para anularlo. Sólo un vistazo más allá de lo inmediato, para asegurar la tarea que tienes entre manos. Ni un pensamiento más allá del instante presente. Ni en un sentido ni en otro.

No abandones el ahora, no lo descuides. El presente, su propio nombre lo indica: es un regalo. Un “regalazo” que te ofrece la vida.

 

 

 

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