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Home » Artículos » Encontrarse en la sonrisa del otro

Encontrarse en la sonrisa del otro

Por Mery Carrasquero.- En estos días de emergencia sanitaria donde los encuentros son escasos y los abrazos restringidos, tenemos la encomienda obligada de dar valor a cada cualidad que hemos construido en nuestra relación con nosotros mismos y con los otros. Dar, es regalar algo a alguien. Un regalo que se convierte en practica para quien recibe y ecológica y extrañamente para quien da. Misterios del amor propio y el amor al prójimo.

Dar siempre será un ejercicio que nos habla de nosotros mismos y que pone al otro en el centro de la reverencia que hacemos a Dios mismo. En estos tiempos de revolución en el sistema de creencia social, donde se nos impulsa amarnos a nosotros mismos, es necesario redefinir el escenario del otro, de los otros.

Se está hablando mucho de hombres y mujeres tóxicos, poniendo de nuevo en el otro la responsabilidad del cambio y la amenaza de ser excluido sino lo hace. Bajo esa amenaza la pregunta sería ¿ Cuál amor es ese? Y luego de esa pregunta, la siguiente sería: ¿ese amor definido en acciones, qué limites tiene? Porque el amor aguantador es un amor que se estrangula a sí mismo en un silencio obligado, ese que no quiere, no puede o teme comunicarse. Y la pregunta que le seguiría tal vez sería: ¿ Y es que el amor que te vincula al otro, guarda el secreto de lo que no te das a conocer? Porque si el otro no recibe de mí aquel conocimiento de lo que me desequilibra cuando no percibo armonía y buen trato, cómo podrá buscar entre sus propias cualidades como llevarla al punto necesario para mantener esa ecología necesaria cuando nos juntamos en la amistad, el compañerismo, el enamoramiento o cualquier otro vinculo que nos acerca en el compartir de una historia o un recuerdo común que construimos desde lo que aportamos en la cotidianidad del vivir.

El amor tiene sus herramientas y entre ellas esta la comunicación más cercana posible a describir que nos perturba y como podemos encontrarle la vuelta a eso para abrir espacios comunes que nos den bienestar a los implicados, al compadrazgo de esta tarea de naturalizar la felicidad.

El otro siempre existe, pero es en el dar que cobra vida y sentido. Vida porque le reconocemos y sentido porque nos recuerda los propósitos de quienes somos, que queremos y hacia donde irremediablemente nos dirigimos.
Amarnos es la piscina donde aprendemos a amar. Contribuir en la vida del otro es el cuaderno donde escribimos las memorias de ese amor. El desamor no habla del otro sino de nosotros mismos. hay quienes le ponen adjetivos al amor. Entonces aparecen el amor tóxico, el amor incondicional, el amor al prójimo, el amor fraternal, el amor de pareja, el amor a los estudios… entre otros complementos que lo lugarizan además. Entonces el amor se ve sujeto al tiempo, al modo, al temperamento, a la condición…

Habría que revisar dichas categorizaciones y preguntarse si ese amor dividido, clubificado, agredido, cumple con las cualidades de ese amor que como lonchera hemos traído en el espíritu cuando arribamos a esta vida. Porque insoslayablemente, cuando abrimos esa lonchera nos damos cuenta cuantas herramientas hemos traido en el espiritu para vivir la vida de la manera más amigable posible en medio de lo que todos somos.

Cada día es una apuesta a vernos con franqueza en la sonrisa del otro, pero si esa sonrisa no aparece, no es necesario ni agredirnos ni agredir al otro, simplemente nos encontraremos en una expresión distinta cuando respetamos y aceptamos que todos los días no son primavera para muchos y que aveces esos días de lluvia también nos tocarán a nosotros como curso normal de vivir. No hay agresores ni agredidos, solo estamos nosotros; viviendo situaciones que tratamos de comprender y solucionar aveces con un miedo inexplicable y otras con un valor que no esperabamos.

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