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Impermanencia: o cómo surfear los cambios

Por Natalia Suárez Acero.- Impermanencia. Este fenómeno no es algo abstracto para monjes de túnica naranja. Es una realidad que nos afecta a todos y que no acabamos de aceptar.

Todo en este mundo llega y pasa, existe y se transforma. Esto incluye al tiempo, a los sentimientos, a los imperios, a los buenos momentos, al arroz, a los dinosaurios, a las estrellas, al amor, etc…

Esta es la realidad, hasta ahí, todo va bien. Es lo normal, lo único seguro que tenemos: la impermanencia. Saber que todo, absolutamente todo, debe cambiar. El problema es que nos hace sufrir porque nos aferramos como lapas a todo cuanto nos gusta: a las personas, a los momentos, a las mascotas y hasta a las cosas. Cuando encontramos a un amante que nos gusta, queremos que los momentos en sus brazos duren siempre. Cuando hemos construído un negocio, queremos que el mercado no cambie. Sufrimos porque la gente que amamos envejece y se va.

Las soluciones que el hombre ha diseñado son variadas: algunas religiones ofrecen permanencia, eternidad, como los antiguos egipcios, los cristianos, etc… en la siguiente vida, a futuros «si eres bueno te corresponderá una eternidad con Dios y todos tus seres queridos tal y como los conocemos´´ otros, como los hindúes, te ofrecen un cambio, pero un cambio a mejor, si eres bueno y cumples sus preceptos, claro está. Pero ninguno te ofrece impermanencia. Porque las religiones han sabido captar los anhelos y los miedos más profundos de la gente.

Queremos que las cosas duren eternamente cuando nos va bien. Queremos que las rosas no se marchiten. Queremos lo imposible porque nos aferramos, no aceptamos la naturaleza de la existencia que es el cambio. Una danza inmemorial a la que debemos nuestra existencia.

Desde que comenzó el tiempo se ha desplegado un caleidoscopio de formas de vida que se transforman unas en otras por momentos: los amonites que se extinguen y dejan sitio a los trilobites que a su vez dejan paso a los dinosaurios, a los austrolopitecus, a los romanos, a los caballeros medievales, a ti. Sin detenerse nunca en sus transformaciones. Y es en esa danza inmutable en su continua transformación en la que estamos inmersos, y solo tenemos la certeza de que no se detendrá. Los imperios caerán, los amores nacen y mueren, las especies surgen y se extinguen, las familias se diluyen en la historia, las flores se pudren y de sus restos nacen otros seres.

La única solución: la aceptación. Bailar al ritmo de la vida, moverse con ella. Los niños crecen, las parejas se separan y de ahí surgen otras nuevas. Los seres vivos mueren.

Esto hace que cada momento sea precioso e irrepetible. Por eso en esta vida no hay cabida para la rutina ni el aburrimiento. Debemos asombrarnos cada día de la vida y de todas las maravillas que se despliegan ante nosotros. El calor del sol en nuestra piel, la luna en el cielo, una conversación inesperada, un beso, el sabor de los melocotones maduros, la risa, una canción, el chocolate.

Aceptación de que todo fluye y se transforma, y que cualquier intento de aferrarnos o frenarlo, además de ser inútil, nos conduce al sufrimiento.

Practicar esto cada día me ha costado mucho esfuerzo: dejar ir, liberar a la gente y a los momentos, soltar, respirar, comprender que nada puedo agarrar, vivir libre y ligera. Así que mis tareas al respecto han sido:

1- dejar ir a la gente que quiere o tiene que irse de tu vida, disfrutar a los que si están

2-aceptar que tú estás cambiando a cada momento: te transformas cuando aprendes, cuando creces, cuando observas, cuando amas. Si al cabo de veinte años eres el mismo, es que has perdido veinte años.

3-elegir alegrarte de que algo ocurriera en vez de sufrir porque terminó

4-liberarse de lo superfluo, de los objetos, de lo que te ocupa un espacio en tu vida, en tu casa o en tu mente y ya no te aporta nada. Abrazar los rituales de orden y limpieza: si cada día dedicas 10 minutos a ordenar una parte de tu casa, aunque solo sea el bolso, un cajón o la superficie de una mesa, al cabo del año habrás dedicado más de 60 horas y tu casa será mejor. Lo mismo con todo.

5-cabalgar el cambio: ya que todo debe cambiar y transformarse, dirige ese cambio hacia donde tú quieres. Cultiva lo que quieras cosechar. Trabaja en aquello que te apasione. Mejora esos aspectos que te gustaría ver de otra manera

6-estudiar a qué nos estamos aferrando. Para llegar a ello me he preguntado ¿qué me hace sufrir? E invariablemente aparece una persona, una situación, un cambio que no he aceptado, una realidad que no es la que yo quería. Y entonces, pasito a pasito, interiorizo que aquello no es lo que yo quería, si no lo que es, que las cosas duran lo que duran, no solo lo que yo quiero que duren. Y abrazo la realidad, aunque no es la que yo quería.

Aceptar, elegir ver la realidad cambiante aunque no nos guste: es la llave de la salud mental y de la felicidad.

La segunda parte sería cabalgar las olas del cambio como los surfistas, impulsándonos en ellas y no luchando contra ellas, porque es como más lejos llegaremos y como más partido le sacaremos a la vida, pero eso, es otro artículo

continuará…

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