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Home » Artículos » La amistad

La amistad

amistadPor Raúl Santos Caballero.- La amistad es un florecimiento que todos debemos aprender a regar. Es puro aroma, fragancia  que verdaderamente envuelve y acapara, y todo un bálsamo para el alma. La amistad es el resultado tangible de reprocidad sin límites, empatía y comprensión.

La verdadera amistad es la que traspasa y atraviesa las capas de la persona para instalarse en una relación más allá de la convencional. Es la que no mide ni compara la posición social ni la etiqueta visible hacia los demás; es la que enlaza de ser a ser y permite un vínculo más allá del establecido. Una amistad genuina nace de aceptar a la otra persona tal y como es; no trata de cambiarla o modificarla hacia nuestros intereses. Si no, el amigo queda reducido a un objeto, un instrumento musical que debe amoldarse a nuestro compás.

La amistad genuina va más allá de las apariencias que en un momento dado se puedan dar. En muchas ocasiones esas muestras escaparatistas que se pueden presenciar, están lejos de la verdadera semilla de la amistad, pues los intermediarios que son el yo social del que disponemos y empecinados en querer resaltar, maquillan la escena con flamantes decorados y guiones lejos de la espontaneidad.

La genuina amistad va creando su propio historial, sin forzar, sin edulcorar. Va instalando palabras a las páginas que configuran la novela amistosa, va dando pies a otros capítulos y hace que su lectura sea más poética en vez de en prosa. La amistad se convierte en un encuentro común en el camino individual que cada uno transita. Se convierte en un compartir las vivencias en cada paso que damos. Se vuelve en una compañía que desprende calidez en el recorrido de nuestras vidas.

El nacimiento de la amistad se vuelve un lienzo en el que vamos depositando toda una gama de colores. A veces comienza con una impulsividad desmedida, otras con un sentimiento de reencuentro aun no conociendo a la persona, y otras, con cierto recelo basado en prejuicios y falsas creencias. La llama puede comenzar álgida, pero el viento de las circunstancias puede aminorar la fuerza y desgastarla.

Si una amistad no está sustentada en el respeto, la aceptación y la tolerancia, entonces ésta se convierte en un cuenco en el que vamos depositando dosis de nuestra parte más conflictiva. En él vamos depositando excesivas dependencias, impositivismos, intolerancias, afán de manipular, imposición de normas, instalación de determinados guiones, implantación de encorsetamientos psicológicos hacia la otra persona y un largo etcétera. De esta manera la amistad está condenada al desgaste, pues ha perdido esa ingenuidad que la mantenía, ha traspasado los límites de la integración de las personas. La amistad se puede convertir en una excusa para extraer intereses, un arma para someter y un negocio para rentabilizar.

Reconocer al verdadero amigo es dejar de lado a nuestro ego para ver sin filtros ni patrones fijos. Es verse en el otro sin necesidad de espejo. Es ver el ánimo renovado a través del encuentro, es entonar la alegría y poner el acento en las circunstancias. La verdadera amistad es la que resalta en medio de la oscuridad; no es la que te halaga constantemente, sino que a veces, por muy doloroso que sea, te describe con autenticidad. La verdadera amistad es la que permite compartir un mismo cielo desplegando las alas, cada uno a su ritmo, a su altura. No hay jerarquías, no hay estatus. Es el desprendimiento de cualquier actitud personalista para el acercamiento mutuo.

Cuando se ha echado una amistad a perder, hay que analizar sus posibles causas. La principal puede ser la falta de comunicación, otras, el descuido, otras, las heridas acumuladas y no digeridas del pasado y que hacen de fisura continua en la relación, otras, la envidia, celos, etc… También lo que provoca que la amistad se deteriore es una ley que envuelve todos los planos en el que nos desenvolvemos: la transitoriedad. Nada se mueve en una diapositiva fija, todo muta, todo cambia… La amistad también está sujeta a esta ley, pues también se ve sometida al desgaste, a su deterioro. Nosotros vamos cambiando con el tiempo; la amistad también queda salpicada.

Es una ley inexorable en la que se puede poner los medios a nuestro alcance, o por contra, saber aceptar con consciencia que en nuestra mano no está el curso de los acontecimientos, y que si se producen distanciamientos o choques de enfoques, lo mejor es incorporar estas circunstancias no deseables a nuestro aprendizaje vital. Las personas vienen y las personas van. Los amigos entran y los amigos salen. Los decorados van cambiando y con ello nuestra representación en escena. La amistad se puede convertir en una verdadera prueba de fuego, porque en ella se nos pasa examen de la gran asignatura de saber ¨soltar¨. También nos servirá para valorar nuestra dignidad individual y no caer en chantajes emocionales o diversas manipulaciones que se producen por el curioso fenómeno de que ciertas personas se arrogan derechos hacia nosotros, reduciendo nuestro margen de autonomía e integridad psicológica.

La amistad pasa de ser un bloque de mármol a una frágil rosa. Pasa de ser una petrificada y segura fotografía a una interrogante incesante. Es por ello que la amistad debe ser aprovechada, valorada y ajustada a una buena calidad de vida emocional. Sin las semillas de la amistad, nuestro suelo interior se convertiría en árido, estéril y sin posibilidad de enverdecer. La amistad se debe ir construyendo con vigilancia y consciencia, que son sus verdaderos cimientos, no apresuradamente y con urgencia.

Hay que agradecer a todos aquello que han compartido pasos con nosotros, a todos aquellos que están por llegar, y a todos los que ahora avanzan en nuestro sendero.

Porque también la verdadera amistad comienza en uno mismo, en su reconciliación, en amigar con todos nuestros lados, porque si no… ¿Qué tipo de amistad podemos ofrecer a los demás?

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