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La educación nunca será la misma después del periodo de confinamiento.

Por Oscar Eduardo Dávila A.- La educación básica, media, universitaria y de postgrado, habían venido experimentado en los últimos años ciertas innovaciones en su praxis global, pero que no pudieron masificarse y sustentarse debido al pesado dolmen que representa la educación presencial, tal y cual la conocimos los que crecimos entre pupitres, pizarrones, tizas o marcadores, carteleras al fondo del salón y un estrado, presente en algunos salones, que le profería cierta altura a ese todopoderoso ser humano, dueño del conocimiento universal y de la vida, al que llamábamos “Profesor”.

Estoy hablando del paradigma de la educación tradicional -con sus elementos inherentes a la presencialidad, la jerarquía propia de los esquemas educativos dogmáticos, y la linealidad muy industrializada de los procesos de enseñanza- que predomina aún en las mentes, a veces inconscientemente, de los protagonistas del acto educativo presencial.

Sin embargo, los avances se filtraban entre las grietas que la innovación y la investigación hacían aparecer en estos escenarios. Surgía el elearning, las plataformas de aprendizaje, los diseños instruccionales para la ejecución de actividades a distancia, y la ludificación del aprendizaje en general. Pero con todo lo que se pudo avanzar, aun así, las personas preferían siempre el encuentro presencial con sus profesores y con sus pares. Era normal, más cuando algunos sectores deseaban que fuera así por siempre. Pero otra parte de la humanidad se aprovechó de la distancia acortada por la Internet y las aulas virtuales, y pudieron obtener conocimiento, plusvalías y reconocimientos de universidades e instituciones prestigiosas o no, desde sus sitios de origen, con el mínimo esfuerzo e inversión en movimientos y migraciones.

Pero después vino aquél mes de marzo de 2020, en donde la humanidad entera hizo un alto colectivo a la educación, y se inicia el confinamiento planetario. Allí se empieza realmente a valorar la educación a distancia, el teletrabajo, las tele-reuniones y las diversas formas de trabajo colaborativo a distancia. La rueda académica siguió girando gracias a estas posibilidades con las tecnologías.

No solamente vimos su imperiosa necesidad y aplicación, sino que nos dimos cuenta que en el modelo presencial estábamos haciendo cosas que aumentaban el estrés y consumían tiempo innecesario, como por ejemplo, el traslado diario a la oficina. Así empezamos a valorar el teletrabajo y su efectividad, haciendo que se cumplieran las mismas metas, e incluso superándolas en muchos casos, al ejecutar el trabajo desde casa y apoyándonos en los recursos tecnológicos existentes.

También nos dimos cuenta que las personas, incluidos muchachos, adultos, y personas mayores, pueden aprender tanto o más estando en un aula virtual o en un portal de videos como Youtube, y que aquél dogma de presencialidad y todos sus elementos mencionados al inicio de este artículo, ya no hacen tanta falta.  Esto es el primer indicador de que su desaparición es un hecho cercano, no solo por la gran oportunidad que esta pandemia trajo a la modernización de la educación, sino que “la piedra” que sostiene el campus empieza a derrumbarse, ya que no es indispensable para la educación y desarrollo humano.

Esta implicación es colosal, ya que quiere decir, nada más y nada menos que, la educación tal cual la conocimos ya está a punto de desaparecer. En otras palabras, tenemos en la mano el ticket VIP para ver esta transición a nuevos escenarios de educación para la vida, y no para la industria.

Si naciste en el siglo 20 creciste bajo las líneas de la educación industrializada, donde el colegio te preparaba para universidad, y esta última te preparaba para el campo laboral. La premisa era “la selectividad”, es decir, buscábamos ser seleccionados, o estudiar en los sitios con una tasa media de elegibilidad. El esfuerzo entonces consistía en ser el mejor para ser elegible por una gran empresa, a la que le entregabas tu tiempo y tu vida a cambio de beneficios económicos tangibles e intangibles. Después de un cuarto de siglo de esa entrega exclusiva de cada día de tu vida, tenías asegurada tu jubilación.

Pero la prioridad de la educación industrializada no era formar a personas felices, pues sabiendo que todos somos diferentes en inteligencia y capacidades, nos ponían a estudiar a todos juntos siguiendo un mismo pensum de estudios, tanto en el colegio como en la universidad. Entonces lo que se promueve en este modelo es la obediencia más que la creatividad.

Seguro has escuchado la fábula donde estaban todos los anímales en la escuela y sale el Rey león diciendo: Hoy es día de examen, y vamos a evaluar la escalada a un árbol. Por supuesto que el mono estaba feliz; pan comido. ¿Pero el pez? ¿Trepar el árbol? ¿Y la tortuga? seguro terminaría en un año. Incluso el mismo Rey león sabría la teoría pero no podría hacerlo tan hábilmente como el mono.

Hoy en día, si tus hijos se aburren en el colegio es porque el sistema está obsoleto, es decir, los están poniendo a escalar árboles a todos por igual. Cada niño debería estudiar, no en una institución que tenga una tasa alta de elegibilidad, sino en una donde se potencie lo que él sabe hacer. ¿Sabes escalar árboles? Pues vamos, démosle las herramientas. ¿Le gustan las matemáticas? Pues que juegue con números todos los días. ¿Saber hacer voces? Pues que haga obras de teatro. Esa es la educación que se nos viene, y la pandemia nos trajo esa gran luz, para dejar ya morir el sistema educativo con el que crecimos y que nuestros hijos no deberían transitar. Lo que estamos presenciando es una Destrucción Creativa, término acuñado por el economista austriaco Joseph Schumpeter, que implica que, para que nazca lo nuevo debe morir lo viejo.

En la muerte de estos esquema de trabajo y estudio, y en el nacimiento de una nueva forma de explorar la creatividad y la colaboración usando los talentos propios, nuestros hijos podrían elegir el cuándo estudiar, cuándo ver un video, cuándo hacer una tarea, cuándo consultar con el maestro o maestra, y cuando reunirse con su grupo para jugar pelota o hacer carreras en una pista de atletismo.

Además amigo lector, debes estar consciente que están muriendo las profesiones del siglo XX y otras que estamos apenas ejerciendo; están desapareciendo formas de trabajo y esquemas de organización, y están siendo suplantadas por nuevas ideas y formas de hacer las cosas en las que la humanidad se está reacomodando.

Reacomoda entonces tu mente y visión junto a la humanidad. No te quedes fuera. No dejes que tus hijos se queden fuera. No insistas en que ellos sean médicos, ingenieros o economistas como tú. No los hagas transitar tu misma ruta de desarrollo. Por encima de eso, observa en qué son buenos, y prepárales el escenario para que vuelquen sus dones y creatividad.

Ya el título académico no tendrá tanto valor como el desarrollo real de talentos; no será tan significativo como la capacidad de resolver las situaciones del día a día, y la creatividad para aprender, adaptarse y ser feliz. Ya los horarios de 8am a 5pm no serán lo importante en las relaciones laborales sino la entrega a tiempo de proyectos y soluciones, que den valor y riqueza a la mayor cantidad de personas posibles. Nuestros hijos no deben entregar su vida a las transnacionales siendo movidos por éstas; deben ser ellos quienes las muevan y les den las nuevas formas de este nuevo siglo XXI. Pero más trascendental aún, que trabajen para su propia alma, haciendo lo que, en palabras de Neale Donald Walsch en sus conversaciones con Dios, “vinieron a hacer y a ser”.

Entonces da el salto paradigmático en tu mente para ir más allá del establishment educativo y laboral que aún vive como monolito en muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. La humanidad y tu corazón te lo agradecerán.

Oscar Dávila
Septiembre de 2021

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