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Home » Artículos » La espiritualidad chatarra

La espiritualidad chatarra

Por Juan Manuel Otero Barrigón.- Vivimos en tiempos de sed espiritual profunda, en los cuales, y a pesar de los notables avances científicos y médicos logrados, se nos hacen claros, también, los evidentes límites que paradigmas como el cientificista, exhiben a la hora de proveer sentido a la vida de tantos hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo.

Cuando la ciencia se olvida de su fin y deviene en ideología, pierde su norte y su sentido; siendo el encuentro con este último, y con mayúsculas, objetivo propio de toda búsqueda espiritual.

La enorme explosión de técnicas, modelos, teorías y herramientas de desarrollo personal disponibles en la vidriera contemporánea, y mediante los cuales las personas exploran en estos tiempos los fundamentos de su Sentido, dan cuenta de esta necesidad, surgida desde lo más hondo del ser humano.

No obstante, sería necesario advertir, que las pretensiones de desarrollar una auténtica vida espiritual no están exentas de algunos obstáculos. Algunos más evidentes, otros más sutiles, pero obstáculos al fin. Y aunque la meta sea digna y necesaria para una vida más plena y saludable, nadie está en condiciones de prometer, en el camino, un jardín de rosas.

Hoy quisiera referirme, brevemente, a uno de los obstáculos que a menudo empantanan todo auténtico progreso espiritual; dificultad harto común y tan en sintonía con los imperativos del mercado, y con el apurado ritmo de vida que hoy signa la existencia de tantísimas personas.

Me refiero a la espiritualidad chatarra.

Diluir la espiritualidad en una cultura que exalta la velocidad, la mera acumulación indiscriminada de información, la búsqueda inmediata de gratificaciones, y los resultados rápidos, es producto directo de una fantasía, bastante arraigada en estos tiempos, según la cual, el alivio de nuestros sufrimientos y el desarrollo personal, son algo demasiado cómodo de lograr, de fácil acceso, y que requiere muy poco esfuerzo.

De esta manera, muchas personas inician su práctica espiritual, cualquiera sea ella, motivadas y entusiasmadas en el inicio del proceso, para ir viendo como dicho interés y entusiasmo se disipan con el correr del tiempo, tras descubrir que los resultados mágicos que pretendían, no acontecieron de manera precisamente mágica, esto es, inmediata.

Tras la luna de miel inicial, luego sigue la decepción.

La espiritualidad chatarra, o espiritualidad fast food, a menudo es voraz y de amplío radar, dando lugar a personas que van y vienen de camino en camino y de técnica en técnica, picando aquí, picando allá, pero manteniéndose siempre en aguas superficiales, sin darse el margen, ni la posibilidad, de avanzar en el sendero de la auténtica transformación interior que deviene de todo sendero asumido comprometidamente.

En ese sentido, la espiritualidad chatarra guarda una estrecha relación con la idea de lo “líquido”, que como categoría sociológica, han explorado pensadores de la talla de Zygmunt Bauman, para entender y describir la condición del atribulado hombre actual.

Lo “líquido”, precisamente, se evidencia en la evanescencia del vínculo que el buscador apurado establece con la disciplina o el camino elegido. “Hoy practico esto, mañana practico esto otro”,  itinerario tras el cual sólo esperan, brazos abiertos, las hermanas desilusión y desesperanza.

El desarrollo de una vida espiritual auténtica necesita tiempo. Tiempo para profundizar atentamente en nuestro genuino proceso de autoconocimiento, y tiempo para trabajar en la calidad de nuestros vínculos con los demás. Tiempo para vivenciar los fundamentos de la disciplina o tradición elegida, y verlos lentamente echar raíces en nosotros, y tiempo para hacernos carne con dicha práctica o camino, pudiendo de este modo convertirnos en un fiel reflejo de la riqueza que contienen.

Quien con sinceridad emprende un camino de crecimiento espiritual debe sortear la tentación del autoengaño. Y es que el atajo rápido y fácil de la falsa sabiduría con frecuencia nos empuja hacia afuera, a los límites exteriores del bosque escondido, donde descansa el tesoro anhelado. Aunque intuimos que algo importante habita allí, evitamos el compromiso que supone incursionar en su interior. Nos privamos, de este modo, de la riqueza de su búsqueda, que demanda paciencia, sinceridad de intenciones, y valentía para enfrentar la propia Sombra. Todo sin lo cual, sólo queda el apuro del buscador confundido, que rondando sin cesar por la periferia del bosque, no cesa de correr detrás de una pálida ilusión.

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