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La fuerza del disfrute v/s la fuerza de la obligación

Por Jessica Pamela González Durán.- Vivimos en un mundo donde la exigencia es uno de los requisitos para estar “in”. Pero no basta solo con eso, sino que hay que esforzarse mucho todos los días y sin descanso para evitar fallar porque si esto ocurre algo pasa, la persona se convierte en un fracasado, ya no es el genio de la familia, el reconocido o aquel al que los amigos llaman para pedirle un consejo. En Chile no tenemos “cultura del fracaso”, se considera negativo en todos los sentidos transformando automáticamente a esa persona en un perdedor. La hiperexigencia daña tus emociones, es el caldo de cultivo y la antesala de la depresión y los  estados de angustia. Si fallas, tus emociones son tan intensas que te condenan a creerte un don nadie.

Los  juegos olímpicos tienen un espectáculo en esto. Sólo basta con ver las escenas de miles de deportistas que al no cumplir con sus metas caen arrodillados llorando decepcionados de sí mismos. Sus expresiones son desalentadoras, miradas perdidas como tratando de encontrar el sentido a la vida, ellos son quienes están representando a países, responsables de dar alegrías o tristezas a millones de compatriotas que esperan su mejor actuación. En muchos hogares del mundo, estos deportistas son evocados como figuras admirables, son ejemplos, un ideal de lo ideal, algo así como pasar de lo humano a lo divino y sin fallar ¿Esto tiene límites?

Analicemos algunos casos, ¿recuerdan la polémica que hubo el 2012 con la española Anna Tarrés, entrenadora del equipo de nado sincronizado? Fue despedida por políticas deportivas y razones técnicas, hecho que provocó que en ese mismo instante un sinnúmero de ex nadadoras comenzaran a desclasificar sus experiencias entrenando con Tarrés. Algunas declaraciones fueron: “las formas que usa Anna para entrenar no tienen límites, un método peligroso y perverso donde el fin justifica siempre los medios. Ella siembra el pánico, utiliza la manipulación y el desgaste psicológico como herramientas para mantener a las nadadoras bajo control; o te conviertes en su marioneta o te olvidas de un deporte por el que has trabajado casi toda tu vida”. Estas deportistas sacaron la voz para dejar en claro que actos como el de Anna no eran técnicas positivas para instaurar programas en las nadadoras y así lograr ganar las competencias. Se habían unido para devolverle el valor al deporte español ya que según ellas  “no se debe sentir orgullo de medallas conseguidas a cualquier precio». (elmundodeportivo.com)

Debemos cuestionar hasta dónde sirve toda esta mega eficacia cuando sabemos que estamos depredando nuestro sistema nervioso, arriesgando nuestra salud mental.  ¿Si cada medalla o trofeo tiene el costo de trastornar nuestro sistema de vida, sirven de algo o son trofeos y triunfos de lo que NO debes hacer en la vida? Si tenemos que evaluar de alguna manera cómo las personas rinden más, debemos poner en cuestionamiento si es la fuerza del disfrute o de la obligación la que hace del ser humano alguien más competitivo. Se dice por ejemplo que a Mozart, sus padres le tenían que cerrar la tapa del piano con llave por las noches para evitar que se levantara a tocarlo. Aquí la fuerza del disfrute.

La ansiedad de rendimiento y la auto presión hacen que le demos demasiada atención a las cosas, metas y logros dejando de lado lo que realmente importa, el placer.

Los seres humanos tenemos una zona del cerebro de un tamaño importante donde se localiza el sentimiento del placer llamada Septum, evidenciando que para los seres humanos el placer tiene una especial importancia dentro sus funciones de existencia. Parece ser que a través de emociones placenteras aprendemos más y nos desempeñamos mejor, por lo tanto , el gozo de un triunfo o de una medalla está más extasiado por el grado de placer que le colocas a la experiencia, que a la hiperexigencia de ganar una competencia.

Es de suma importancia destacar el caso de la clavadista brasileña Ingrid Oliveira en los Juegos Olímpicos de Brasil 2016. Comentada fue la escandalosa noche de sexo que mantuvo con el remero Pedro Goncalves, noche que llenó de titulares los periódicos con mensajes sobre las innumerables bondades que produce este tipo de placer en el ser humano.  Me pregunto, ¿alguno de nosotros podría dudar de los privilegios que tiene el placer? Me anoto con la fuerza del disfrute.

Así es como funcionamos en un mundo que nos pone en esta ecuación entre hacer las cosas a través de la fuerza del disfrute o a través de la fuerza de la obligación. Cuántas veces hemos estropeado lo bueno que somos por ponernos exigentes y dejar de disfrutar tal actividad; la parálisis de la hiperexigencia anula tu sentido de placer y lo comienzas a pasar mal, parece ser que desde el minuto que te volviste exigente, rígido, frío, algo muere,  anula tu creatividad y el mismo proceso ahora duele. El control excesivo, el deseo de ganar, obtener un premio, una medalla, un reconocimiento, enfría algo que debe ser cálido, viste de gris lo que fue de colores, convierte tu bienestar en conflicto interior; nadie dice que debemos relajarnos y ser hojas al viento, ambas cosas en equilibrio deben dar el resultado que buscas, pero ese resultado es personal, es el descubrimiento del punto exacto, del perfecto disfrute y la cuota de exigencia para ganar una competencia.

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