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La opinión de los demás

opinionPor Raul Santos Caballero.- ¿Quién no ha tenido la inclinación de saber qué opinan de él los demás?

Todos hemos caído en la tentativa de escarbar en los juicios que despertamos en los otros. ¨Según sean las opiniones, así nos sentiremos ¨, y ante esta premisa, las personas vivimos para un yo de escaparate y damos la espalda a un yo más esencial o real.

Es muy difícil no caer en la red de las opiniones ajenas, pues de algún modo nos sirve para ver el reflejo de nosotros mismos, que por contra, no sabemos encontrar sin la necesidad de la opinión externa. En una sociedad donde los prejuicios nos envuelven con tanta fuerza, es muy inusual quedar excluido del alcance de una opinión procedente de fuentes exteriores.

Ante este amasijo de juicios de valor, moralidad convencional y clichés socioculturales, el sujeto acaba dándose de bruces ante el muro de lo idóneo, pues ciertamente no sabe cómo acertar sin que le salpique la daga de la crítica. Dependerá de la naturaleza de la persona el que encaje bien una crítica o no; también dependerá de hasta qué punto es o no constructiva.

Como cada persona que recibe una opinión es un mundo, también lo será quien lo lance. A veces se produce el fenómeno de la proyección y, ante diferentes personas o hechos, tan sólo proyectamos lo que más nos disgusta de nosotros mismos o lo que realmente tememos que nos suceda. Es muy difícil ver las cosas tal y como son sin que se inmiscuyan los miedos, inseguridades y la autoafirmación del ego, siempre presto a enredar con sus constantes opiniones. El ego juega un papel crucial, pues en última instancia es una lucha de egos y no una comunicación de seres.

Locutor e interlocutor; padres e hijos; jefes y empleados; todas las personas interactuamos en un cruce continuo de opiniones hacia el resto. Habría que analizar no el hecho en sí, sino la dependencia a criticar constantemente o la inclinación a saber reiteradamente qué imagen tienen los demás de nosotros. También habría que valorar hasta qué punto nos afecta las opiniones más malévolas, y hasta qué manera nos enaltecen los reconocimientos.

Recibimos una crítica negativa y todo se torna con un manto de malestar. No encontramos sentido y no nos sentimos gratos a entablar una comunicación con el resto, pues observamos que no encajamos en los ideales ajenos. Recibimos un reconocimiento y surge una nueva dimensión de alegría, nos sentimos dichosos, todo retoma un color más vivo, todo vuelve a vibrar.

Así nos convertimos en péndulos oscilantes de un lado a otro, yendo de acá para allá según nos dirijan con las opiniones y obviando que, si nos elevamos conscientemente, podremos alcanzar el punto del péndulo donde nada se agita. Pero para ello hay que escalar las cumbres de la mecanicidad, subir por la ladera de un autoconocimiento que no permita una opinión que no haya filtrado por el discernimiento discriminativo. De ese modo el sujeto ahondará más y más en las profundidades de su ser, dejando al margen lo que proviene del exterior (siempre y cuando no sea constructivo) y hallará en sí mismo el claro reflejo de lo que es.

La persona ya no dependerá tanto de las opiniones externas para crear la suya. También irá desengañándose de las suyas internas, porque nada hay peor que los autoengaños que nos formamos, dándonos por arrogar cualidades de las que carecemos o sumando criterios erróneos que no nos pertenecen.

Las opiniones siempre estarán ahí; hagamos por no perder el tiempo en opinar y meternos constantemente en la vida de los demás, y mucho menos en alimentar lo que pueden decir de nosotros. Traspasemos ese umbral de consciencia y dejemos abajo el barrizal de las críticas y desconsideraciones.

Bastante tenemos con nuestras vidas como para preocuparnos por la de los demás. Bastante con mejorarnos como para ajustarnos a los criterios de los otros. Realmente esforcémonos en conocernos, en asumir nuestros errores y aprender de los mismos, en hacer de la vida un propósito y no un despropósito, y sobre todo en comprender que somos muchos seres humanos utilizando un espacio en este planeta. Busquemos la tolerancia dentro de la que desarrollemos con nosotros mismos, pongamos límites con las personas injustas. No nos incrustemos y hagamos de la evolución consciente un avance.

Buda decía: ¨ Ellos me insultan pero yo no recibo el insulto ¨. Cargar con todo lo que oigamos es dar más importancia a la apariencia que a la esencia, y ahí es donde el buscador pone todos los medios a su alcance para eliminar el velo de las apariencias —con la que tanto se choca— y acceder a otro tipo de vivencia más rica y provechosa.

raul santosRaul Santos Caballero

raulsantoscaballero.blogspot.com

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Un comentario

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