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La tercera edad. La importancia de saber valorarse.

tercera-edadPor Begoña Bueno Ibarrondo.- Nacer, crecer, madurar, envejecer y fallecer. Todo ser humano, atraviesa esas etapas en la vida en un proceso de continuos cambios físicos, psicológicos e intelectuales.

Nos centramos en la tercera edad, una etapa de la vida en la que el ser humano elabora una reflexión de lo que ha logrado en su trayectoria, así como de las oportunidades que se han dejado pasar o simplemente se han postergado en el tiempo.

Esta etapa final de la vida, se inicia aproximadamente hacia a los 65 años. Se caracteriza por un creciente desgaste de las fuerzas físicas que avanza según transcurren los años y que a su vez ocasiona en la mayoría de ancianos, una sensible y progresiva disminución de las cualidades de su actividad mental.

Saber cómo envejecer es la obra maestra de la sabiduría.

El envejecimiento comienza a percibirse cuando ya no conseguimos hacer lo que hacíamos antes y esto, genera soledad, la interior, que nada tiene que ver en estar o no en compañía de otras personas. A la vejez, se llega por sucesivas renunciaciones, ya que se deja de hacer lo que se hacía, se deja de sentir lo que se sentía, se deja de soñar…

El hecho de jubilarse deja a la persona exenta de responsabilidades, compromisos, tareas y esto en determinadas ocasiones, la hace incluso sentirse inútil. Si agregamos que a lo largo de los años se va produciendo el fallecimiento de amigos de la misma edad y la incapacidad para participar en actividades que antes solía realizar a menudo, esto da lugar a una desestabilidad emocional que emana emociones negativas como la tristeza, la ansiedad, la soledad y la baja autoestima. A la larga, esto puede conducir al aislamiento social y la apatía.

El prototipo actual sobre el envejecimiento, la búsqueda de la eterna juventud y las actitudes sociales pueden convertirse en estereotipos personales que a nivel inconsciente actúan como profecías cumplidas. Además, en nuestra sociedad es muy común asociar a la tercera edad con la pasividad, ya que los cambios que la acompañan provocan un cambio en su rutina y una decadencia en la vida del ser humano.

La dependencia en la vejez es la situación más temida por todo ser humano; las personas mayores que pierden su autonomía se sienten desvalorizados por depender de otros para subsistir.

Sentirse inútil, se ha construido a partir de creencias culturales que los individuos han incorporado a partir de un orden social preestablecido que privilegia el trabajo (remunerado o sin remunerar) como actividad.

Por otro lado, quienes se responsabilizan del cuidado de estos, realizan una tarea que implica trabajo, pero es un trabajo que no tiene salario, por la tanto, se le ha considerado como un trabajo devaluado y que devalúa a su vez a quienes lo realizan.

Y en este contexto, donde tanto los mayores como cuidadores se experimentan como seres con poco reconocimiento social, surge en los primeros la idea de “ser una carga”; y en los segundos, la percepción de llevar “una carga” a cuestas. Frases como me siento inútil, no sirvo para nada o soy un estorbo para la familia, entre otras, comienzan a brotar en sus pensamientos internos. Emociones que afloran y giran en torno a la tristeza, a la vergüenza y al enojo.

Para ellos, los recuerdos de “los buenos tiempos” son un aliciente para seguir viviendo.

Es por esto que se debe poner un especial interés en la vida de los mayores, ya que si ellos son acompañados en esta etapa de cambios, y se sienten apoyados, se puede reducir el riesgo de padecer una depresión.

La ancianidad es la etapa final de la vida y debe merecer el más grande respeto, consideración y protección.
Debe haber un cambio social de ver a la vejez como carga para verla como una oportunidad de promover un envejecimiento productivo. Esto reflejaría un intento de pasar a formas más aceptables de envejecimiento mientras que se alienta a las personas mayores a ser sus propios monitores del éxito en base a un nuevo paradigma.

Por ello, deberíamos enseñarles: la importancia de saber valorarse, a vigilar su estado de ánimo, a analizar su rutina diaria, a aceptar el duelo, a explorar cómo sentirse útiles, a  intercambiar sus experiencias con los demás, a ejercitar la memoria y a realizar actividades, ya sean físicas o recreativas, a un ritmo moderado, para que puedan sentirse útiles y así, aumente su grado de autoestima.

¿Qué hay que hacer para saber valorarnos?

* Debemos conocernos más, cuáles son nuestros valores y nuestras cualidades.

*Tratarnos con amor, evitando tener palabras o pensamientos negativos hacia nosotros.

*Aceptarnos,  perdonarnos y aprender de los errores cometidos.

*Aprender a decir NO, sin sentirnos víctimas por las exigencias de los demás.

*Guardar un tiempo para nosotros y establecer un límite de nuestros valores.

*Marcarnos alguna meta aunque sea a corto plazo para avivar la ilusión y el compromiso.

*Celebrar y recompensar nuestros logros por pequeños que sean.

Una persona es un ser que se interroga, que debe tomar en sus manos su vida y buscarle un sentido, descubrir los valores que lo atraen y por cuya estima que la vida merece vivirse para adquirir un sistema de valores en los que se vayan ordenando los unos respecto a los otros.

Atrévete a mirarte al espejo

Mírate frente a un espejo, observa detenidamente tu cuerpo, fíjate en tus gestos, rictus de la frente, arrugas en las comisuras de las mejillas, tu mirada.

Este reflejo es el mejor amigo o enemigo de uno mismo, nuestra impresión visual habla por sí sola.

Ahora juega a verte con la cara más sonriente, más relajada, con gestos menos rígidos, di palabras bonitas sobre ti, recuerda momentos alegres, sonríe…en una palabra, siéntete FELIZ.

Ahora observa el cambio, la persona del espejo es la misma, pero con otra percepción visual. El objetivo es aprender a vernos de otra forma, ser conscientes y liberar nuestro verdadero YO sin estar coaccionado por la edad actual.

Hay que recordar que cada uno de nosotros vinimos a este mundo con la responsabilidad de vivir lo mejor posible y ser felices, solos o acompañados, con dinero o sin él, con salud o con malestares. A nuestro favor, tenemos el aprendizaje para conseguirlo  y en nuestra contra, el tiempo que transcurre y nosotros con él.

La calidad de vida no lo da lo externo, más bien, el valor de la vida que brota de sí mismo siendo el resultado de nuestros pensamientos y comportamientos.

Jamás un hombre es demasiado viejo para recomenzar su vida y no hemos de buscar que lo que fue le impida ser lo que es o lo que será.  Miguel de Unamuno.

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