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Home » Artículos » La vecina enferma

La vecina enferma

enfermaPor Koldo Aldai.- Las rendiciones fueron llegando en cadena. Primero prescindió de hacer la compra, después tuvo que dejar de arreglar la cama, limpiar el baño… Recientemente ha claudicado también con el aspirador. Sus manos no pueden ya manejar el poderoso aparato de limpieza. Aún se apaña con el cuchillo de cocina y con una escoba ligera. Su marido se ha hecho ya al peine y le alisa con paciente suavidad esa cabellera tan prematuramente envejecida. Ha ido abandonando todas la labores de la casa. El contundente tratamiento contra el cáncer la ha debilitado al extremo. Ya no tiene fuerza para las tareas del hogar. Sólo llora cuando marcha el marido. Toda su fuerza se concentra en apuntalar como puede ese muro de las emociones, en evitar que esas lágrimas se derramen cuando él está presente. «Bastante tiene con cargar con todas las labores…», aclara ella.

Apenas ya camina el rabioso verde de esta primavera. La “quimio” le ha ido devorando el calcio. Los huesos pequeños se han ido rompiendo, los grandes ya no la sostienen. Tan pronto él parte a sus quehaceres y recados, la mujer se va a su rincón, abre la presa contenida y da rienda a todas las lágrimas. Las lágrimas no saben de tabiques. Es entonces cuando llama a la puerta la vecina y trata de consolarla. Le habla del agua de mar cargada de tantos minerales; le orienta con la alimentación sana y natural; le informa de los oligoelementos y otros complementos sumamente beneficiosos, así como de la necesidad de abrigar pensamiento positivos, de entrar en diálogo con las células… Le sugiere también otras terapias con las que ella sí se está curando. Le anima a buscar “otras medicinas” como el encuentro con el sol, el aire, el mismo océano…, pero la vecina aún no logra sacar de su cajón esas pastillas que tan prematuramente la han envejecido.

Le han quitado el riñón y es cierto que así han curado el cáncer, pero en realidad han cambiado una enfermedad por la otra. Falta calidad en la vida que le han dejado. Es una historia real, es cierta. Está ocurriendo aquí y ahora, como otras muchas similares. ¿Qué podremos hacer por evitarla? Hoy mi novia me compartía a la mañana su querer y no poder, su anhelo de ayudar y su frustración de no alcanzar. Ella quisiera aliviar esa tristeza bajo su suelo. Con fuerza y fe en sí misma y en el Misterio, con la confianza puesta en su capacidad de regenerarse, con el agua del mar, con Qi-qong, con alimentos sin veneno…, ella está sanando. Por mucho que quiere a su vecina, la que nos traía bizcochos y empanadas gallegas, la que nos obsequiaba a la mínima excusa con cualquier detalle…, no puede hacer nada por ella. Se está apagando.

Busco un final feliz para esta historia. Ha de haber un cierre en clave de esperanza. No más rincones mojados por las lágrimas de la impotencia. Sí, hay otras vías antes que toda esa artillería tan destructora, o por lo menos a la par de ella. Hace falta fuerza de voluntad y creencia en nosotros mismos. Sí podemos hacer muchas cosas además o en lugar de ponernos en manos de esa medicina con exceso de contundencia. Podemos intentar eliminar las causas que originan la enfermedad, la toxicidad que nos entra por los alimentos y los pensamientos. Podemos iniciarnos en una vida más consciente y natural, en una alimentación curativa; podemos repararnos, reequilibrarnos con suplementos específicos, con la ingesta de tés medicinales, zumos verdes…

Ella sólo aguardaba la próxima cita con el médico y mientras tanto golpeaban las olas, soplaba el viento, explotaba la primavera a la vera de su casa. Sin embargo un siguiente capítulo   más feliz parece estar llegando. A la noche mi compañera me cuenta que ha aceptado ya a probar agua de mar y comer más sano y natural. Rezamos para que esa agua de mar colmada de minerales, para que esos alimentos cargados de sol y de vida le permitan a la vecina de nuevo pasar la aspiradora, pasear por la aldea, acercarse a la Vida. La Naturaleza entera aguarda que se levante, camine y termine de abrazarla…

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