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Home » Artículos » La verdad y el amor en las curas imposibles

La verdad y el amor en las curas imposibles

Por Claudia Larroca.- Pablo Neruda escribió alguna vez una Oda al hígado en la cual el intérprete lírico dialoga con éste, agradeciéndole su labor infatigable y poco reconocida. El poema es un tributo al órgano que se hace cargo del trabajo sucio filtrando los compuestos al interior del cuerpo, lo que sólo es posible cuando funciona correctamente y colabora mancomunadamente junto con los demás para alcanzar el equilibrio organísmico. Esta mirada holística puede ser extendida a la observación de los tiempos pandémicos actuales conformados como un caleidoscopio de incertidumbres, aislamientos, soledades y desmoronamientos económicos, cuya múltiple incidencia nos deja expuestos a nuestras propias vivencias de desamparo.

El escenario actual me ha impulsado a compartir algunos hallazgos de mi investigación doctoral acerca del restablecimiento de la salud en personas con enfermedades orgánicas terminales desahuciadas por la medicina. En el devenir de mis propias condiciones de existencia, he reparado en el alto impacto traumático que genera la recepción de un diagnóstico de enfermedad, tanto para el paciente como para su grupo familiar y contexto afectivo. El diagnóstico médico, recibido como una sentencia de muerte, pone de manifiesto una colección de experiencias previas de desvalimiento.

Ante el pronóstico de una enfermedad que anuncia el fin de la continuidad de la vida, creencias y prácticas espirituales suelen surgir como un recurso ante dicha amenaza; ellas ofrecen un cambio de perspectiva ante la fatalidad del diagnóstico y modifican la connotación de enfermedad mortal hacia la posibilidad de aprendizajes para una segunda chance de vida. De lo expuesto se ha desprendido la pregunta ¿Cuáles son los procesos psíquicos e ideales que ocurren en personas que se curaron de una enfermedad física considerada grave y atribuyen esta curación a sus creencias espirituales?

La importancia de esta búsqueda cobra mayor valor cuando recordamos que quienes acceden a la curación a través de métodos no convencionales de la medicina suelen ser ignorados, ya que tales casos no se incluyen en las estadísticas oficiales de los organismos de salud. Estas curaciones son consideradas como remisiones espontáneas o casos místicos, por lo que no son mencionadas en las revistas científicas. Aún hoy, las investigaciones del área de la salud se concentran en la categoría enfermedad, entendiéndola como un agente externo que ataca al individuo al azar, en vez de centrarse en las personas que contraen la patología. La cura no puede ser entendida en completud sin tomar en cuenta al sujeto que ha restablecido su salud; ya que el deseo de vivir no es una abstracción teórica sino una realidad fisiológica con características terapéuticas. Las llamadas remisiones espontáneas implican la existencia de mecanismos que merecen ser estudiados.

En el origen de estas enfermedades graves se encuentra el arraigo a vivencias de desamparo tanto emocional como social, económico o vincular; constituyéndose en modos de gestionar experiencias en diversos contextos, en los cuales la violencia, traumatofilias, inclusive dolencias autoinmunes o discapacidades están a la orden de día. En las mencionadas afecciones orgánicas graves se evidencia la eficacia de una fijación a un dolor que no alcanza el estatus de una vivencia, sino que permanece como algo incualificable. En este vacío anímico la violencia, la tristeza y el terror se aúnan en un goce doloroso en el propio cuerpo. En dichas situaciones el valor de la empatía recibida resulta máximo, ya que permite a la persona retornar algo de su propia vitalidad.

Podemos afirmar que las vivencias místicas mencionadas con suma frecuencias en los relatos de quienes sanaron de enfermedades terminales, resultan análogas a ciertos modos de funcionamiento psíquico. El pensamiento místico da cuenta de una vivencia extática, un sentimiento de unión y plenitud que ha sido precedida por un horror, por trauma incualificable. La mística opera como un proceso anímico derivado hacia la elevación espiritual que resguarda a la persona de una tensión vital disolvente que surge cuando el ser se ve amenazado y entonces se deja morir. Este dejarse morir no es un proceso pasivo, sino que implica un esfuerzo por aniquilar fragmentos vitales, una tendencia disolvente de la tensión vital. Mediante la identificación con un ideal abstracto, que la experiencia mística conlleva, puede desplegarse una fase de superación de la fijación al dolor intrasomático.

En este proceso cobra esencial importancia el acceso a un saber de tipo espiritual, metafísico o filosófico capaz de ampliar sus concepciones acerca de sí mismo y de su realidad contextual. Un ideal de verdad que genera nuevos paradigmas y convicciones, señalados por los entrevistados como el motor que desencadena la curación. Ello es producto de modificaciones profundas en el modo de percibirse tanto a sí mismos, cuanto a su entorno. De esto modo, la curación no surge como algo ajeno que se desencadena en la vida sino que es consecuencia del surgimiento del sentimiento de convicción en la cura, originado a partir de haber experimentado, quizá por primera vez, verdaderas experiencias de amparo.

Tal es así que el ideal de amor puede ser considerado un factor esencial. Es que el encuentro con un amor incondicional, sumado a vivencias de contención permite que el sujeto restaure la relación con sus vínculos y consigo mismos. De este modo resulta posible superar sentimientos de victimismo, minusvalía y carencias afectivas arraigadas desde fases iniciales de la vida. A partir de la aparición del afecto se crea un vínculo de existencia, una especie de unicidad del afecto capaz de desarrollar el sentimiento oceánico, sentimiento caracterizado por la vivencia de conexión con el todo, la vivencia de unidad total. Ello representa un punto de sumo valor ya que es la semilla a parir de la cual puede surgir el sentimiento de convicción absoluta en la curación, vivenciada antes que ella se manifieste en el plano físico u orgánico. Sentir implica sentirse sentido y, sólo en tal caso, será posible dar crédito a una vitalidad anímica ajena y también a la propia. La naturaleza arcaica del vínculo con el agente materno constituye en estos casos un hecho capital.

Cabe destacar la gran importancia del factor afectivo en el contexto pandémico actual, imposibilitados del contacto e inclusive impedidos de trasmitir o recibir cualquier tipo de expresión sensible. Destinados a ubicarnos debajo de barbijos, guantes y trajes antisépticos que maximizan experiencias previas de carencias de contacto amoroso y tierno, de ausencia de sostén y amparo. El vigente distanciamiento físico, emocional, social y vincular evoca estas vivencias de desvalimiento y desamparo.

Finalmente el llamado ideal del orden cobra relevancia en el restablecimiento mediante la identificación con roles de participación activa mediante la capacidad de modificar la realidad a través de su participación en organizaciones eclesiales o comunitarias. A su vez, ello propicia el encuentro con nuevos propósitos de vida.  Sin embargo, para alcanzar la posibilidad de crear un proyecto que otorgue sentido a la vida, es preciso restablecer de los nexos con ciertos lazos, ello implica la pacificación del vínculo con estos seres de quienes el sujeto se supone desalojado.

A modo de cierre, sostenemos que la curación no representa la creación de algo nuevo y tampoco es algo que alguien haga por otro, sino que consiste en la reparación de una colección de vivencias e interpretaciones que formaron parte del contexto del enfermar. Dichos restablecimientos físicos implican la existencia de procesos psíquicos que aluden a vivencias de profunda subjetividad; tornándose un desafío redoblado en circunstancias actuales donde la subjetivación sucumbe a la organicidad y el ser sólo cobra el carácter de un número, expresado en contajes de enfermos, ingresados a hospitales o números de decesos. Asimismo, la enfermedad orgánica representa una forma de lenguaje y una vez que aprendemos a leerla, surge como un capítulo de la biografía individual. De este modo, puede dejar de ser entendida como un padecimiento ajeno y aleatorio que irrumpe desde afuera de la propia vida, para constituirse en una trama más compleja y rica que pertenece al sujeto por entero.

Autora: Claudia Larroca.

 

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