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Home » Artículos » Las patas de una mesa

Las patas de una mesa

Por Belén Muñoz Naranjo.- Cuando una mesa queda sin una de sus patas es una mesa coja. Por el contrario, un árbol tiene fuertes raíces que contribuyen a su nutrición y a que,  día tras día, su tronco sea más robusto y fuerte.

Identifiquemos a las personas con las mesas y los árboles, pero antes de seguir con esta lectura, me gustaría que  respondieras a una pregunta: ¿Qué, quiénes son los pilares de tu vida?

Las mesas

Si tu respuesta a mi pregunta ha derivado en seres vivos, circunstancias u objetos ajenos a tu persona, te encuentras en el grupo de las mesas. Las patas que te sostienen son pilares que no puedes controlar por ser ajenos a tu persona: familia, pareja, amistad,  trabajo, dinero,  posición social,  hogar o coche, por citar algunos ejemplos.

Los árboles

Si por el contrario, tu respuesta se ha basado en ti mismo, estás en el grupo de los árboles. Eres tu propio tronco y pilar y seguramente, primero fuiste una mesa; sin embargo, por alguna enigmática razón, la vida te ha quitado las patas, para que aprendas a ser un árbol.

Todos necesitamos pilares en los que reposar y recargar nuestra fuerza y energía vital, pero no es lo mismo servirnos de ello, como lo hace un árbol de sus raíces, que sostenernos íntegramente sobre ellos, como una tabla en cuatro patas.

Quiero hacerte otras preguntas: ¿Qué pasaría si, de repente, el pilar de tu familia cae?,  ¿caería una pata?,  ¿se tambalearía la mesa?

¿Qué pasaría si se produjera un alejamiento emocional con tus amistades?; ¿y con tu pareja?

¿Qué pasaría si, de repente, pierdes tu trabajo y tu estatus social?, ¿si pierdes tu casa?,  ¿tu coche?, ¿el dinero?

¿Qué pasaría si cae una o todas las patas que conforman tu estructura?

¿Caerías tú?

No hace falta que me respondas; sé la respuesta de primera mano. Te quedas como una cucaracha que cae boca arriba, moviendo todas sus patitas sin  poder incorporarse.

Llegamos a este mundo gracias a la unión de nuestros padres; nuestra madre nos brinda su útero durante nueve meses, tiempo en el que nos alimentamos a través suya, escuchamos lo mismo que ella, y sentimos lo que ella siente; llegado el momento, la partida hacia el mundo externo también se realiza gracias al esfuerzo que hace tu progenitora empujando hacia fuera. Pero el camino lo haces solo.

Del mismo modo, sucede cuando dejas tu cuerpo físico. Puedes estar en una cama, rodeado de las personas  que te aman, apoyándote y  brindándote lo mejor de ellos para reconfortarte. Sin embargo, el tránsito se hace solo.

Cuando estábamos en el colegio, se estudiaba las funciones de los seres vivos: nacemos, crecemos, nos alimentamos, nos reproducimos y “morimos”. Estas funciones son irrefutables, comunes para todas las personas.

¿Existe algo más certero que los nacimientos y la “muerte?, ¿Algo más obvio, que los dos acontecimientos más importantes para la persona se realizan en comunión con uno mismo?

Entonces, ¿Por qué nos empeñamos en basar nuestros pilares en otros? ¿No somos acaso nuestro propio pilar?

Nadie está exento de los vientos huracanados que amenacen nuestra infraestructura interna. De hecho, tarde o temprano siempre llegan. La diferencia será grandiosa entre aquellos que se han convertido en árboles, con raíces bien arraigadas, y en los que aún siguen siendo mesas, no pudiendo controlar el estado de las patas que le sostiene.

Apréndelo en la calma o en la tormenta, pero apréndelo, por favor. Descubre quién eres y hasta donde puedes llegar, púlete como el diamante que eres y asómbrate de la belleza de tu propia joya interior.

Gracias.

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