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Mensaje encriptado entre encajes y bordados

Por Laura Martínez Ramírez.- Después de un largo recorrido, aquel baúl había llegado a mí, cierto que fui a buscarlo donde lo habíamos abandonado, llevada por un impulso, una llamada, una intuición de que allí no quería estar.

Ahora entiendo que ese movimiento hacia adelante fue determinante, indicaba que había llegado el momento, de ahí la recepción del impulso, y era así, porque ahora estaba preparada para comprender el mensaje encriptado por el alma de mis antepasadas, que no sabe de tiempo, entre esas confecciones primorosas, bordados y encajes de estructuras de geometría perfecta, e indudablemente hermosos.

Después de encontrarle sitio, tarde meses en abrirlo. Ocurrió en un momento de retiro forzoso, sentí que esa coincidencia me decía que la ocasión era perfecta porque podía disponer de tiempo continuo sin tener que salir a esto y lo otro.

Cuando levanté la tapa, me envolvió una sensación de viaje en el tiempo, mejor dicho, esto lo sentí un poco antes, cuando tomé la decisión, presentía que me iba a meter en una experiencia emocional muy fuerte, y así sucedió.

Aunque la vista fue el primer sentido en recibir información, pronto le siguieron el tacto, el olfato, incluso el oído.
Ahí estaba el mensaje que hacía más de cien años, había sido encriptado para los que fuéramos capaces de reconocer la clave, que no era sino la valoración de lo femenino a través de la belleza. Esto lo comprendí después, cuando fui capaz de sentarme y reflexionar sobre la cantidad de emociones, de información, que había recibido.

Antes había ido sacando una por una cada una de aquellas prendas, dejándome sentir, fue un acto de comunión maravilloso. Luego miraba las iniciales bordadas si es que las tenía y le iba así poniendo antigüedad, aunque la forma, la confección, a veces, ya me lo decía. Las más antiguas creo eran de mi tatarabuela Manuela, nacida en 1850, había enaguas bordadas primorosamente, cubre corses de cintura minúscula, delantales llenos de puntillas y bordados, también distinguí las prendas de su hija, mi bisabuela Laura (1874) , con esas camisas blancas y pecheras de cuello alto propias del principio de siglo, las enaguas que habían perdido volumen y longitud, por último estaban las de mi abuela Laura (1900), de estilo años veinte, la ropa interior se acortaba y ensanchaba el talle, dando una libertada al cuerpo que no habían tenido las anteriores, de ésta se conservaba parte del traje de novia, con los adornos incluidos, y de todas ellas parte del ajuar con sus iniciales cuidadosamente elegidos los modelos, y primorosamente bordadas por ellas.

Se me agolpaba la información con tantas sensaciones. Tenía que parar a veces, para dejar reposar todo eso y así estuve varios días. Entre tanto decidí lavarlo todo y volverlo a guardar ordenado con información dentro para futuras generaciones. Fue una labor intensa bonita, estimulante a la vez que agotadora, creo que hay que tener una edad para hacer estas cosas, más de lo que parece, porque se mueve muchísima energía.

Repasaba cada prenda con detenimiento maravillándome de tanta belleza, delicadeza y perfección, cada una parecía que me hablaba, así que empecé a escribir lo que resonaba en mí al tocarlas, al olerlas o mirarlas. Cuando releí toda la lista que ahora paso a copiar aquí comprendí que todo hablaba de cualidades Yin, y supe al momento que donde el tiempo no existe nuestras almas estaban resonando en la perfección, ellas sabían que en algún momento sus descendientes necesitarían entender ese mensaje y lo dejaron encriptado así, para que aquel que hubiera llegado a conocer la clave la vibración tan alta de todo lo que es bonito a nuestros ojos, lo pudiera leer, y descubrir el poder de lo femenino.

Las mujeres no debemos empeñarnos en ser masculinas, somos perfectas en nuestra feminidad, si renunciamos a esto, otra vez habremos caído en la trampa de lo masculino que se considera superior y nos hace creer también a nosotras que si queremos ser más y mejor hemos de parecernos a ellos, pero no es así. La parte de masculinidad que tengamos hemos de honrarla y utilizarla con decisión, pero la femenina que casi siempre es más potente en las mujeres, ha de ser bendecida en el mundo, si queremos evolucionar y salvar el planeta todos los seres humanos hemos de honrarla en nosotros.

Cuando tenía esa pieza delante observaba lo que mi boca, aunque casi en silencio, susurraba, eran casi siempre las mismas palabras. A la vez conectaba con las vivencias de ellas, y sentía que me decían:

-En momentos difíciles pon tu atención en la belleza, contémplala, créala, ella te aportará muchas cualidades, eso es lo que nos ayudó a nosotras a sobrevivir.

Esas palabras que brotaban en mí fueron:

-Preciosidad. Indudablemente en aquellas mujeres había un enorme amor por la belleza, yo antes pensaba que todo el mundo era sensible a ella, pero descubrí que no, es privilegio de unos pocos. Parecía que me decían que nadie puede quitarte ver y disfrutar de la hermosura allí donde se encuentre, por muy dura que sea la vida, – ¡fijarte en aquello que te resulta hermoso, subirá tu vibración! –

-Delicadeza. Aquí era el tacto el que aportaba esa sensación de que algo muy sutil se deshacía casi entre los dedos, eran sedas, velos, puntillas finísimas. Y el alma se expandía y sonreía, como reconociendo en ello su propio lenguaje. Era curioso que esa fragilidad de algunos tejidos, que se percibían como algo etéreo, constituía también lo que les aportaba más valor. Esto me conectaba con mi propia vulnerabilidad, que solo recientemente había considerado una fortaleza.

-Paciencia. Hacían falta muchas, muchísimas horas para hacer esos bordados. ¡Como me resonaba este mensaje! Lo he mejorado con los años, pero todavía me cuesta, y más deshacer, seguro que ellas lo tuvieron que hacer muchas veces, pero lo importante era conseguir el objetivo y hacerlo bien, lo mejor que se sepa, confiando en que al final se verá su grandeza. Hay que perseverar en lo que se ama. ¡Que buen consejo!

-Cuidado, protección, no solo porque había alguna ropa de bebé es que transmitían eso, unido a la voluntad que no cuesta porque se ama.

-Paz. Sí me transmitían paz, porque era capaz de trasladarme a esos momentos en los que se refugiaban en su labor, concentradas como la tarea lo exigía, de modo que era un buen método para no dejarse llevar por el pesimismo, más cuando sus novios estaban en la guerra, y tenían razones para pensar que tal vez esas sabanas que estaban bordando nunca se estrenarían. Pero seguían entre sus costuras, eso las relajaba y podían seguir agarradas a la vida con confianza y también con aceptación.

-Alegría. No se podía haber ideado, preparado confeccionado y terminado todo eso tan bonito sin alegría, que se traduce en la creatividad que rezuma por todas las prendas, algo cantarín de fe y gusto por la vida, algo parecido a poesía en tela, que transmite un sutil aroma de ternura.

-Conmueve. Por una parte que dedicaran tanto tiempo a algo que “no vale mucho dinero”, eran prendas que quedaban dentro, de la casa o de su vestido, casi nadie las iba a ver. También por el tiempo que iban a tardar en terminarlo que parece que no les importara, es más, es como si cosieran en espacios donde no hubiera tiempo, y fijándose solo en el buen hacer aunque nadie lo viera. ¡Otra importante lección de vida!

-Sensibilidad. Me daba la sensación de que eran capaces de meterse en esos momento en un mundo aparte, un poco ausentes de la realidad, donde su propia sensibilidad iba realizando una alquimia interior. Como si me dijeran que el secreto de la evolución es ir haciéndose cada vez más y más sensible.

Las sentía grandes y protectoras, con su energía maternal respaldándome, sosteniéndome y cuidándome.
Así me transmitieron en esos días de retiro forzoso su mensaje encriptado por años, que ni yo antes había sido capaz de ver hasta que no tuve la “edad” suficiente. Decían en cada una de esas prendas que rezumaban feminidad, que creyera en el valor de lo femenino y lo dejaron firmado con el bordado de sus preciosas iniciales.

Con él, se abrió a mi lo femenino, tras su reconocimiento y admiración, con gratitud, devolví al baúl todas las prendas después de haber lavado lo que sí se podía, ordenándolo y facilitando la comprensión para futuras generaciones. Con todo ello honré el legado, y lo cerré.

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