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Observando al actor de mi propia vida

Por Mª Laura Martínez Ramírez.- Siempre me han gustado las películas de aventuras. Antes de empezar, ya estaba abierta a la posibilidad de que pudiera ocurrir en ella cualquier cosa y eso era parte importante de la diversión.

Me gustaba ver como los actores en su mayoría afrontaban las dificultades como retos para actuar, que solían salir victoriosos gracias a múltiples casualidades, y a su intelecto que habitualmente en el último momento, les hacía encontrar la salida, responder con decisión certera en esa dirección o descifrar la clave, lo que no dejaba de ser otra casualidad.  Ya entonces me preguntaba: – ¿De dónde vendrá esa inspiración?

Hoy pienso que la vida es una continua aventura, que no controlamos tanto como nos creemos, que al igual que en las películas, se dan montones de circunstancias inesperadas, sincronicidades que hacen que cualquier día tenga algo de mágico.

Seguramente es así como viven los niños, esperando asombrados a que el día se despliegue ante sus sentidos, llenándolo todo de colores, olores, sabores, sonidos o texturas diferentes a veces, conocidas pero con matices nuevos en otras ocasiones.

Cuando fuimos creciendo alguien nos dijo que había que esforzarse por hacer que las cosas funcionasen como queríamos, que había que sacrificarse, competir, ganar, o al menos no ser el último. Nos empezaron a poner medallas por esto y aquello y fuimos creando un ego, una máscara que nos identificaba ante nuestros propios ojos y de la que no queríamos deshacernos por miedo a no ser premiados, ser reconocidos, ser los últimos, porque, uníamos todo ello a ser o no ser queridos.

¿Y si no tuviéramos que controlar tanto? Si la vida cada día fuera una sorpresa, y la esperáramos con expectación como si fuera una película puesta por el Universos para nosotros, si pudiéramos mantener esa distancia, creo que como consecuencia surgiría en nosotros más modestia, verdad y gratitud, a mi juicio las verdaderas fuentes de la felicidad.

Si se para uno a pensar  lo mágico que es, desde que se levanta, abre los ojos y como si fuera un actor mira con que cuerpo juega  en este momento de la vida, la casa que le han puesto, las ropas, los alimentos, las relaciones, luego empieza a recordar las aventuras que llevas en danza, como hijo, padre, la profesión que desempeña en la serie, y las cosas que han pasado en episodios anteriores para ponerse en situación, siendo importante  que recuerde el carácter del personaje, sus costumbres, sus apegos, y fobias, en definitiva su ego. Qué cantidad de sufrimiento se evitaría si actuáramos en la vida así, desde ese paradigma, sabiendo que solo estamos desempeñando diferentes papeles, que obedecemos ordenes de un Director en el que confiamos y hacemos lo que se espera de nosotros, a sabiendas que no somos eso. ¡Qué divertida sería la vida así! Como cuando jugamos de niños a ser este o ese personaje, a hacer como si…

Algunas pocas veces soy capaz de verlo todo como la espectadora de mi propia vida, y es todo luminoso, vibrante. Puedo verme en el escenario que siento en esos momentos que aparece de la nada, un parque, una consulta de médico, una carpintería, y yo estoy allí, pero detrás de la otra yo, que está actuando. Entonces aparecen personas que me preguntan o me informan de algo, o solo pasan a mi lado hablando entre ellas y yo estudio la mejor respuesta, experimento con hacerme la ingenua, la sabia, la modesta o la altiva, y veo como responden ellos. Entonces observo las reacciones de ese cuerpo, como brotan sentimientos de gratitud por haber aparecido allí una persona tan servicial que te ayuda en más de lo que esperas, o la admiración por ese abogado tan rápido en aportar soluciones, o ese taxista que se enfada por no sabes qué, pero que sientes que te contagia su ira. También los pensamientos asociados a esas sensaciones, algunos se repiten, observo como cambia mi emoción cuando pienso algo distinto sobre esa misma situación y todo es maravillosamente perfecto, como lo es una película de aventuras cuando el héroe fluye en su papel y de alguna manera vas intuyendo lo que va a hacer en los escenarios en los que se ve envuelto, aunque que de vez en cuando te sorprenda.

Como en una buena película de aventuras en las que el protagonista actúa fluyendo con decisión, así creo que deberíamos nosotros jugar el juego de la vida, sabiendo que es eso, solo un juego.

Vivir mirando la vida como observador, tal cual ocurre durante la meditación cuando observamos nuestros propios pensamientos, de modo que la vida se transforma en una gran meditación en movimiento en la que no nos vamos detrás de nuestros propios pensamientos, solo observamos, nos ocupamos y seguimos observando, para volver a actuar cuando toque, con la respuesta que nos vengan de Dios sabe dónde, reconociendo mediante  la emoción positiva, que esa opción es la correcta, en un hacer sin querer haciendo.

Cuanto más observo todo, más maravilloso me parece, desde el gorrión picoteando en el suelo que ha tomado plano en tu vida, como el mendigo que se ha creado una casa con cartones. de vez en cuando hay una punzada en el corazón y observo el dolor lo dejo expresarse y sigo.

Puede decirse que actuar así es vivir de una forma demasiado desapegada, demasiado fría incluso, pero nada más lejos de la realidad.

El apego no es amor, cuando uno no es capaz de amar tiene que llenarse con el que los otros le ofrecen, porque no puede hacerse feliz a si mismo realmente amando él.  No es momento ya de esperar que los demás nos hagan felices, sí de desenmascarar el amor romántico que tanto nos han vendido como la fuente de la felicidad y que nos desempodera, cargando al otro con la responsabilidad de nuestra felicidad, que en la realidad solo aporta más y más desdicha.

Amor es sentirse uno con algo y te puedes sentir uno con otros porque cuando los amas de forma incondicional, sin apego, sin necesitarlos para ser feliz.

Porque en realidad el apego es una falta de fe, como el que almacena cosas porque no confía en que el Universo le va a proveer de todo lo que necesite. Igual pasa con el apego a las personas, creemos que si se van nuestros seres queridos no tendremos más, no confiamos en que siempre tendremos todo lo que necesitamos, tanto material como emocional.

Lo curios es que, cuando llena de admiración contacto con cualquier ser humano que milagrosamente ha tomado plano en la película de mi vida, se que no es por casualidad, y lo aprecio como algo excepcional que solo me ha pasado a mí, que es mío, y toda relación por ello, por pequeña que sea, va seguida de un sentimiento de gratitud que identifico como amor.

Esa sensación hace que quiera jugar cada día otra partida, confiando en que mi Yo Superior que siento amoroso, y en el que confío porque sabe lo que necesito, prepare para la mañana siguiente aunque no sepa cómo, más aventuras divertidas en las que los sentidos me den información nueva, sabiendo que al igual que todos, seré herida de alguna manera, pero que no serán heridas de verdad, porque solo lastiman al ego.

En definitiva, amo a cada personaje y cada escenario que me prepara cada día, porque sé que son mi propio reflejo.

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