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Perdonar y perdonarse

Por Ramiro Calle.- Este es un tema muy manido, pero a menudo abordado de una manera superficial y empalagosamente edulcorada, como acostumbra a hacer el lado superficial de la denominada Nueva Era. Sin embargo es un tema de hondo calado psicológico y que a todos nos afecta de cerca, porque tenemos expectativas, incluso desmesuradas, sobre nosotros mismos y sobre los demás, y cuando no se ven cubiertas nos sentimos frustrados, dolidos y tendentes a culpabilizar a los otros o a nosotros mismos, lo que no solo nos ansía y esquilma nuestras energías, sino que desencadena sentimientos de rencor, agresividad y venganza, o menoscaba nuestra autovaloración. Acarreamos las ofensas o fallos de los demás, experimentando el demonio de la rabia o el sabor amargo de la frustración, sin saber digerir y evacuar de la mente ese veneno y cerrar las heridas. Pero perdonar es una actitud y no quiere decir ni mucho menos ponerse al alcance de las personas que nos han hecho daño o nos pueden dañar, porque hay que saber poner límites, ser firme desde la ecuanimidad y no permitir que abusen de nosotros.

En algunas de mis clases de meditación, cuando ha aparecido el tema, he recordado que si nos ponemos al alcance de una persona que nos daña, tenemos que cambiar el «me dañan» por «me daño». No hay muchas razas, sino solo dos: la de las personas bondadosas y la de las personas malévolas. Siempre que podamos tenemos que relacionarnos con personas bondadosas, pues de otro modo, cuando sea posible y como decía Buda, «más vale caminar en solitario como el elefante». Era él también el que declaraba: «Los demás me insultan, pero yo no recibo el insulto». Y hay un pasaje de su vida que demuestra su talante de hombre despierto. Un día iba por un camino y se topó con un hombre que le escupió. Buda no perdió la media sonrisa. Unos días después Buda y el hombre volvieron a encontrarse. Buda le sonrió y el hombre, perplejo le dijo: «Me sonríes a pesar de que el otro día te escupí». Buda repuso: «Ni tú eres ya el que me escupió ni yo ya el que recibió el escupitinajo». Claro que Buda tuvo la capacidad de no estar esos días dándole vueltas a la mente, sintiéndose vejado y realimentando el sentimiento de rencor y de venganza.

Tanto nosotros como los demás, provocamos sufrimiento muchas veces a los demás no por perversidad consciente, en absoluto, sino por egoísmo excesivo, ofuscación, negligencia o descuido, sin darnos cuenta de que, como reza la antigua enseñanza oriental, «al herirte, me hiero», si comprendiéramos que todos somos microcosmos (o universos en miniatura) que formamos parte del Macrocosmos.

El perdón y el auto-perdón bien entendidos se convierten en una transformativa técnica del trabajo sobre uno mismo y la transformación interior. Pero somos neuróticamente reactivos y así nos convertimos en un reflejo despersonalizado de las reacciones de los demás. Si el otro es adusto, me comporto adustamente; si es grosero, doy rienda suelta a mi grosería; si me insulta, le insulto; si se burla de mí, me burlo de él. Y así uno se convierte en una réplica de los procederes del otro. Pero cuando uno está vigilante y sabe autorregularse, no es una mala copia de las reacciones nocivas de los demás. Es un trabajo difícil para romper la identificación con las actitudes y procederes negativos de los otros y ser uno mismo a pesar de los comportamientos ajenos.

No hay heridas más dolorosas y difíciles de perdonar que las narcisistas. El ego siempre se empeña en prologar el rencor y siempre quiere algún tipo de satisfacción basado en la venganza o el revanchismo. Así el ego, y aunque no nos damos cuenta de ello, nos hace muy vulnerables. No sabe perdonar, pero así causa mucho sufrimiento a la persona. El rencor se vuelve el peor veneno. Es falta de inteligencia, como aquel que se decía «Que se fastidie el patrón que hoy no como´´. Ya le dijo un mentor a su discípulo, te consideras tan importante que te crees con derecho a ofenderte por todo». El pensamiento, que es el hermano gemelo del ego, no está acostumbrado a perdonar y se siente al punto agraviado, y comienza a ronronear para ver cómo vengarse. A través del pensamiento no puede haber perdón, pero sí a través del discernimiento claro, cuando comprendemos por ejemplo que si estamos odiando a otra persona porque nos hirió, estamos justo sufriendo por el que nos hizo daño. No hay mayor estupidez, pero todos podemos caer en la misma, pues resulta que lo que es bueno para el ego, no es bueno para nuestro Ser. La cuestión es a quién vamos a servir. Lo más lúcido es rendir el ego y permitir así que alumbre la luz del Ser.

Me gusta recordar y recordarles a mis alumnos aquello que en una ocasión dijo un mentor a sus discípulos: «Porque soy débil, comprendo vuestra debilidad». Una buena enseñanza que nos ayuda a perdonar.

Y aquel otro maestro que cuando estaba en el umbral de la muerte, le pidieron sus discípulos que resumiese su existencia, y con contagiosa serenidad repuso: «Error tras error». Una magnífica enseñanza para aprender a perdonarse.

Ramiro Calle

www.ramirocalle.com

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