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¿Por qué necesitamos un maestro?

Por María Castro Ángel.- Imaginemos un grupo de veinticinco niños de seis y siete años que aún no saben ni leer ni escribir. Se reúnen en un aula llena de materiales seleccionados, de métodos de aprendizaje estupendos, de libros maravillosos que pueden disfrutar.

Entran todos y no hay ningún adulto con ellos, ningún maestro para enseñarlos. Porque se rechaza la idea del maestro. ¿Qué pueden hacer veinticinco niños solos? ¿Cómo van a iniciarse en la lectoescritura? Alguno de los más avezados, tomará el control por un momento, ¿y qué podrá resolver? Tal vez cojan un instante esos libros, esos materiales magníficos, ¿y qué pueden hacer con ellos? Por cierto, el grupo está formado por niños muy inteligentes. ¿Por qué no aprenden? Tal vez mañana. Y así, cada día.

¿Alguien espera que, porque vayan cada día durante un curso completo a clase, si están solos sin maestro, puedan aprender? ¿Es una locura que alguno esté deseoso de que llegue un maestro para iniciarlos y organizar ese caos niñeril?

Llega el maestro. Y con el maestro se iniciarán. Unos aprenderán más rápido que otros; unos cogerán al vuelo las indicaciones y otros no. Pero el maestro sabe, por su experiencia, que todos acabarán leyendo y escribiendo; unos antes y otros después.

Y resulta absolutamente mágico formar parte de ese momento trascendental: aprender a leer es aprender a conocer y descifrar el mundo. Y luego cada cual elegirá libros según su ritmo de aprendizaje, según sus necesidades, gustos, personalidad…

Algunos incluso llegarán a crear los más bellos poemas…

¿Podrían haberlo conseguido sin la ayuda de un maestro?

Todo aprendizaje es similar. La espiritualidad es innata al ser humano, digamos, como la capacidad para leer y escribir. Pero necesitamos un maestro que nos ayude a recorrer nuestro propio camino. Por mucho material que haya sobre espiritualidad, por muchos compañeros que tengamos, o por mas iniciativa que haya en nosotros, si no hay un maestro, ¿quién nos va a iniciar?, ¿quién nos va a guiar?

Recuerdo cuando era niña y aprendí a leer. Mi madre, con mucho cariño y paciencia, me iba haciendo leer los letreros de las calles, los nombres de las tiendas, cualquier cartel… Hasta que un día de junio, una tarde, descubrí que ya podía leer todo. Estábamos en la calle principal del barrio, en la puerta de la iglesia, y vi que dominaba el lenguaje, que podía leer cualquier cartel, y que sin duda, ya estaba preparada para ir a la escuela primaria. Sentí entonces una alegría inaudita, todo cobraba sentido; supe que era mayor, que había crecido, que yo ya formaba parte de ese grupo selecto de personas que podían leer, lo que era igual a descifrar el mundo.

Es similar en el camino espiritual.

Quizá tus reticencias a tener un maestro te hayan alejado más de él. Quizá haber aprendido a escribir tu nombre u otras letras sueltas, te han hecho creer que podrías avanzar en solitario. Incluso tal vez enseñanzas de otros momentos de tu vida… Pero ya has visto que para iniciarte realmente y avanzar, necesitas un maestro. Y luego, por supuesto, puedes abandonar cuando quieras: un verdadero maestro, nunca tratará de sujetarte. Pero en ti está si quieres seguir avanzando cursos, o quedarte siempre en el mismo. Quien no avanza, retrocede. Son muchos cursos hasta alcanzar el nivel en que te puedas valer por ti mismo. Y tras la escuela primaria, está la secundaria, el bachillerato, después la universidad, los másteres de especialización; y aunque seas brillante, siempre necesitarás un maestro que te guíe. Que te guíe hacia ti, en la vuelta a casa.

Muchas personas “opinan” que no se necesita un maestro, porque todos poseemos nuestro propio maestro interior. No hay que engañarse: se transita un camino espiritual para trabajarte con el fin de un día despertar a ese maestro interior; y que no te engañen con falsas promesas, esto tardará vidas y vidas. No se puede aprender un idioma en unas pocas semanas. Todos sabemos que esas promesas son fraudes. Y sin embargo, nos dejamos seducir por ellas. Y luego nos frustramos, llegamos a creer que somos inútiles para el idioma. Y eso no es cierto. Tras un interés comercial nos han hecho creer en falsas promesas, y nosotros, necesitados, hemos querido creer en ellas. Creer en una mentira, te llevará después a creer en otras. No es que no seamos aptos para aprender el idioma y dominarlo. Es que nadie nos dijo nunca la verdad. Y esta es la verdad: el camino espiritual es largo, dificultoso, pero apto para todas las edades. Es un camino para valientes. Mas valiente no es aquel que se cree valiente. Valiente es aquel que deja a un lado todos los prejuicios sobre sí mismo, y se lanza, y echa a andar.

Las cargas no ayudan en el camino. Y el pasado es carga. Los pensamientos que tienes sobre ti mismo, originados en el pasado siempre, son carga. Deja tus cargas a un lado del camino. Ya no las necesitas. ¿Para qué te han servido tus juicios sobre ti, tus pensamientos, tus creencias? ¿Te han traído felicidad? Si fueras feliz, no estarías leyendo estas palabras; si fueras un ser completo, no necesitarías ni libros ni recetas. En el camino espiritual no eres tal o cual. Simplemente eres, porque simplemente Dios es, Todo es. Y con esa ligereza debes echar a andar. Tu mente debe ir vacía, como un cuenco, porque si está lleno, no lo podrás llenar. Esa fue la primera enseñanza de mi maestro: vacía tu cuenco.

Es lo primero que ha de suceder: confía en tu maestro. La confianza es la base de todo el aprendizaje. Ningún padre dejaría a su hijo con un maestro del que desconfiara. Pues jamás dejes a tu alma en manos de alguien de quien desconfíes. Si no confías, vete. Pero si te quedas, ha de ser confianza plena. Porque primero, antes, has de confiar en la voz de tu alma. Escucha a tu alma, y no a tus pensamientos. Los pensamientos son aprehensiones. Tu alma es genuina y verdadera; ella contiene la esencia en sí misma y jamás te engañará. Los pensamientos nacen de otros pensamientos anteriores, creados por tu mente y por otras mentes condicionadas; pero tu alma, nace directamente de lo eterno, de la corriente infinita, y ella nunca te engañará. De tu alma te puedes fiar. Si tu alma te dice: quédate, pues quédate. Porque tus pensamientos, te lo dirán todo a un mismo tiempo; te dirigirán a diferentes direcciones, te traerán un poco de locura. Si no, mira tu vida. ¿Cuántas alegrías te han traído tus pensamientos?

Puede que haya mucha suciedad en los canales y que no puedas percibir bien la voz de tu alma. Entonces espera un poco, date un tiempo. El único compromiso ha de ser contigo mismo. Y haz como que crees la voz del maestro. Porque si es tu lugar, lo que fluye a través del maestro, que ha de ser la verdad en sí misma, te embaucará y te quedarás. Si no fuera así, tu alma lo detectaría y decidirías no volver.

Así que siempre, asegúrate de escuchar la voz de tu alma, y no el ruido de tu mente.

El maestro tiene su propia energía. Cuando tú estás en la energía del maestro, quizá no lo notes ni seas consciente, pero estás “a salvo de  ti mismo”. El maestro es un mero canalizador de la energía divina, ¡ni más ni menos!, que se ha trabajado hasta tal punto de justamente, convertirse en canal.

Ningún maestro te dirá nunca que llegó a donde llegó solo, por sí mismo. Un maestro verdadero te contará sobre sus maestros. Los grandes maestros espirituales siempre hablan con veneración y reverencia hacia sus propios maestros. No hay maestro sin maestro.

El maestro suele estar unido al hilo de oro de un linaje. Y ese es el hilo de oro que te une a ti con el resto de seres del universo y con el universo en sí. Ese hilo de oro está muy enterrado para ti, por eso no sabes ni de su existencia. Pero con la guía y la ayuda del maestro, lo desenterrarás, poco a poco. Y te sorprenderá ver todo lo que había unido en la historia de tu alma hasta este justo momento.

El hilo de oro es como el cordón umbilical que te une al cielo. Por él te nutres y él te sustenta. El hecho de que un bebé en gestación no tenga consciencia del cordón que lo une a su madre, no quiere decir que este fenómeno no exista, ni que no exista la madre. La madre contiene al bebé y él se gesta en su interior, inconsciente a todo cuando ocurre. Así, nosotros, habitamos en Dios y nos gestamos en él, y somos parte suya, aunque no tengamos conciencia. Quizá no lo podamos ver. Sólo hace falta sentir.

El maestro sólo es maestro porque Dios quiere. Así que si estás frente a él, también a ti te ha bendecido Dios.

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