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Home » Artículos » Una deuda que no se puede saldar

Una deuda que no se puede saldar

ramiro-calle-deudaPor Ramiro Calle.- Hay padres, los menos, que no son buenos. Hay padres que no saben ser padres y nunca deberían haber asumido esa responsabilidad. Hay padres que quieren a sus hijos pero no saben quererles bien o bien demostrárselo. Pero la mayoría de los padres son las personas que, de entre todas,  sienten el más elevado cariño incondicional, ése amor desinteresado que no es fácil de experimentar, pero que  los padres viven desde lo más profundo de su ser. Quiero compartir unas hermosas y reveladoras palabras de Buda con respecto a los padres:

«Declaro que hay dos personas con las que nunca se puede saldar la deuda. ¿Cuáles son? La madre y el padre.

«Aunque transportara a su madre en un hombro y a su padre en el otro y de esta manera hiciese que vinieran cien años, que cumplieran cien años; aunque les  cuidara ungiéndoles con bálsamos, dándoles masaje y frotando sus miembros e incluso vaciarán  allí sus excrementos, ni siquiera así haría suficiente por sus padres, no saldaría la deuda. Aunque estableciera a sus padres como dueños y señores supremos de esta tierra tan rica en los siete tesoros, no haría suficiente por ellos, no saldaría la deuda. ¿Por qué causa? ¡Los padres hacen tanto por sus hijos! Los crían, los alimentan y los guían  en este mundo».

Acabo de publicar mi obra «Lo que Aprendí en Cincuenta Años» y en ella declaro que encarné en la mejor familia que hubiera podido hacerlo y que si hubiera reencarnación y tuviera que volver a nacer, me gustaría hacerlo siempre en la misma familia. Mis padres me lo dieron todo. Mi padre me transfirió un sentido profundo de la autosuperación, el esfuerzo personal y la voluntad, apoyándome siempre en todo; mi madre me abrió de par en par las puertas del espíritu, la mística, la compasión y la sensibilidad.  Ni en mil vidas podría yo saldar la deuda con ellos… ¡tanto me amaron, tanto me entregaron, tanto se sacrificaron por mí!. Ellos y mis hermanos Miguel Ántel y Pedro Luis siempre me dieron más de lo que merecí.

A menudo recuerdo las significativas palabras de Buda y, como siempre insisto en ello, la madre es la primera maestra y el primer mantra que nuestros labios pronuncian es «mamá».  Hay que saber asumir las perdidas con aceptación y ecuanimidad, pero la muerte de los padres es una grieta inmensa y sin fondo que se abre en el alma humana. Nunca cierra, se perpetúa, pero también nos recuerda lo afortunados que fuimos por haberlos tenido, por haber podido gozar de su calor, su ternura, su amor. A veces, como dice Luisa, la falta de presencia de un ser querido se convierte en una insoportable ausencia. Pero esa ausencia se puede llenar incorporando a esa criatura amada a otro nivel en nuestro corazón y enriquecernos a través del amor que compartimos  y de los momentos vividos con ella y a través de ella.

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