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Valorando lo femenino

Por Mª Laura Martínez Ramírez.- Parece que a lo largo de la historia cualquier logro humano ha pasado por una revolución, en la que la polaridad que se quiere poner en valor pasa al extremo antes de poderse ver en equidad con la otra. Es como si el justo medio, no fuera como hemos supuesto el de los tibios que no se mojan en nada, sino el de las personas conscientes de sus extremos y que saben mantenerse en el centro aunque conscientes y decididas a utilizar esos extremos si fueran necesarios.

Pertenezco por edad a esa generación de mujeres que toman conciencia de ser injustamente tratadas, humilladas, ninguneadas desde todos los campos, religioso, jurídico, histórico, cultural y deciden actuar. En ese momento donde la rabia coge el control y actúa con su energía, la de la agresividad, necesaria a veces para romper moldes con decisión, muchas mujeres nos fuimos, seguramente como había que hacer, para poder después actuar desde el centro con libertad, a los extremos.

Negamos por una parte los roles femeninos tradicionales. Hay pocas de mi generación que se atrevan a decir públicamente, que les gusta coser o planchar, incluso a cocinar, y se vanaglorian de ello, muchas optaron por rebeldía a no tener hijos, o no dedicar tiempo al adorno personal, por ejemplo.  En  el otro extremo, y al tiempo que dejábamos drásticamente los roles tradicionales femeninos,  las mujeres adoptamos los masculinos, con  la forma agresiva de hablar,  gran cantidad de tacos y palabras mal sonantes, nos jactábamos orgullosas de no tener en nuestro atuendo nada más que pantalones, la inmersión laboral asumiendo patrones masculinos como era habitual en casi todos los trabajos, la defensa de la fortaleza física en competiciones deportivas a las que nos apuntamos en masa, la asistencia a eventos donde el numero del  marcador dejaba paso a las músicas y al teatro, o una lucha política de militancia, donde sin darnos cuenta reproducíamos los roles del patriarcado estando a expensas y al servicio de los líderes, masculinos en su mayoría.

Nos movíamos por primera vez en terrenos desconocidos, al asumir responsabilidades que nunca habíamos tenido, reproducíamos el modelo dominante, por lo que solo las más masculinas accedían a ellos. En la mayoría de los caso seguía el patriarcado sin que nos diéramos cuenta y hasta en la actualidad se sigue dando una comportamiento que desea en la mujer ser reconocida por el padre de turno, al tiempo que una lucha entre ellas que les impide actuar en comunidad como es su naturaleza y empoderarse.

Con el paso de los años esa dureza fue pasado a verse reducida y los extremos fueron acercándose, empezamos a darnos cuenta, a veces en terapias, que habíamos renunciado a una parte importante de nosotras, la necesidad de mostrarnos como éramos con nuestras debilidades, según el modelo imperante, que nos sentíamos bien mostrando la ternura, la capacidad de acoger y cuidar, los gustos verdaderos, las necesidades reales de amar y ser amados que tanto nos había endurecido.

Durante dieciocho años acompañada de mi buena condición física, impartí clases de Educación física en colegios, fueron años duros, todo el modelo y los estudios estaban basados en actividades deportivas y competitivas. El amplio concepto de actividad física se reducida a jugar al baloncesto, balonmano, voleibol como lo más coeducativo y por supuesto el fútbol. Para alguien que había descubierto sus capacidades físicas jugando en la calle a multitud de juegos tradicionales o inventados a diario por el grupo de amigos, que amaba el baile y la música, con una gran capacidad de inventar, de crear, este marco tan estructurado, tan rígido incluso, donde el marcador tan importante, provocaba que los niños pelearan a diario, debido a su naturaleza competitiva y a los modelos de líderes deportivos, se me fue haciendo cada vez más asfixiante.

Si, había accedido allí pasando las mismas pruebas que ellos, ya había demostrado que podía saltar el plinto o subir la cuerda igual, también seguramente fue necesario llegar a ese extremo y darme cuenta del sufrimiento que me producía tener que forzar a tantas niñas y a mí misma, a realizar esas actividades que solo las más masculinas conseguían realizar con éxito, que se les impulsara a vestir con el mismo traje masculino de futbol o baloncesto, tan poco favorecedor, su tradicional sensibilidad a la belleza, otra vez vista como carente de valor, aun hoy cuando se quiere dar valor a la mujer se recurre a escenas en las que se les ve practicándo deportes o trabajos, cuando más masculinos mejor. Que injusto empezó a parecerme y junto a otros, empezamos a volver hacia el centro buscando actividades de todo tipo donde verdaderamente se pudiera hablar de educación física en el más amplio sentido, donde el mayor aporte fue la introducción de lo cooperativo al menos en igualdad con lo competitivo.

Las mujeres de mi generación, las que tuvimos que llevar el feminismo al extremo, hemos hecho un gran sacrificio, ahora empoderadas las nuevas generaciones con ese conocimiento, ya sabemos que podemos hacer muchas cosas igual que los hombres, en un modelo masculino.

¡¡Pero no queremos¡¡

Recuerdo la primera vez que me di cuenta cuando una compañera accedió obligada a la dirección y lo hizo maravillosamente, pasado este periodo forzoso renunció dejando claro lo que de verdad le gustaba y que ser director no es lo más, es solo una opción y que tal vez le gustara tener un cargo pero en otro modelo más de tipo comunidad que de sistema.

El camino de vuelta al centro ha de pasar por empoderar a la mujer para que decida lo que quiera en libertad, conscientes de que esta liberación no ha de pasar por reproducir los mismos roles masculinos, ahora es el momento de que ellas puedan aportar otras formas de jugar el juego de la vida. Quizá más cooperativa, más bella, más tierna, más de comunidad…  Y esto pasa por dar IMPORTANCIA a estas polaridades.

El día es el día aunque tenga sombras y la noche es la noche aunque se enciendan   luces, estas sombras y luces representan el punto central del yin y el yang. Cada polaridad es perfecta como es.

 

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